BUENOS AIRES -- Hay partidos que dejan marcas. Quizás no siempre por un resultado, ya sea positivo o negativo, pero dejan una huella importante en el recorrido de un equipo.

El choque que River tuvo con Lanús, en la previa, se observaba como importante porque se medían el líder del torneo contra uno de sus seguidores. Hasta aquí, sólo especulación de algo que podría suceder habida cuenta de los puntos y del funcionamiento que venían teniendo ambos. Sin embargo, por la forma en que se dio el cotejo River salió fortalecido desde lo anímico. Pese a que no consiguió ganar, la adversidad que vivió durante gran parte del encuentro pudo revertirla a base de una notable convicción y amor propio.

Y lo hizo ante un oponente muy sólido, armado como equipo, que viene siendo, desde hace años, animador de las competencias en las cuales participa. Pero como dijo el mismo Marcelo Gallardo, sus dirigidos dieron una notable muestra de carácter. No sólo eso, desde aquí agregamos que, cabeza y protagonistas, entregaron una muestra de convicción táctica.

Dividamos el análisis. En el primero de los rubros, cuando su invicto estaba en juego porque se encontraba abajo en el marcador, atravesaba el peor momento en cuanto al juego y las piernas ya empezaban a pesarle (venía de jugar hacía apenas 72 horas con cancha muy embarrada ante Arsenal), la fortaleza mental mitigó esas molestias físicas. Plateó un partido de golpe por golpe, de ataque por ataque, sabiendo que así tomaba riesgos. Esa osadía lo llevó a igualar el cotejo desde lo posicional, primero, y en el resultado, después. Todo con intérpretes que, como fue señalado, no derrochaban energía a causa de la acumulación de minutos que viene soportando.

Y en segundo punto resaltado es un poco la génesis del primero. Eso de la convicción táctica parte de la cabeza del grupo y genera un efecto liberador en los protagonistas. Los jugadores saben que tienen respaldo cuando las cosas no salen y que esa consigna de atacar siempre no es sólo un discurso para la gente. Se trata de una idea bien arraigada. Las pruebas quedaron a la vista. En el segundo tiempo, con Lanús en ventaja, Gallardo (quien había sido expulsado del banco) ordenó los siguientes cambios: un delantero (Lucas Boyé) por un defensor (Leonel Vangioni) y un mediocampista por otro (Augusto Solari por Carlos Sánchez). De esta manera quedó parado con tres en el fondo. Esto no sorprende porque debía revertir un marcador adverso y la forma de hacerlo era arriesgando. Tres defensores y la misma cantidad de delanteros fue el camino buscado por el entrenador. Pero el mensaje que ponderamos llegó después. Porque a minutos de las variantes River consiguió empatar, y lejos de proponer algo más conservador para el tiempo que quedaba siguió jugando de la misma forma, con la clara idea de buscar la victoria. Que no la consiguió, pero que estuvo cerca de lograrla. Parecer y ser, eso es lo que se destaca, y más aún en un estadio tan complicado y ante un oponente tan encumbrado como Lanús.

Este aperitivo le llega con el Superclásico asomando en el horizonte. A decir verdad, por lo que viene exhibiendo en cancha, si no siente la presión de estar ante un partido tan trascendente para la vida riverplantense, el pronóstico es auspicioso para los de Gallardo. Pero claro, el que se avecina es el partido donde no existen las estadísticas ni los buenos momentos, por eso deberá escribir una nueva historia y tendrá que hacerlo con un trazo bien firme y, por sobre todas las cosas, contundente.

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BUENOS AIRES -- El fútbol tiene esas cosas maravillosas. Cuando todo parece ser previsible, lo infrecuente termina por irrumpir en la escena. Los favoritos dejan de serlo y aquellos que, a priori, parecen convidados de piedra, se vuelven objetivos inexpugnables. Es cierto que a River últimamente no le venía padeciendo esto. Por el contrario, había logrado transitar por el complejo camino de la lógica.

Sin embargo, cuando el banquete se observaba como presto para devorarlo, flaqueó. Aquel Arsenal que llegaba tambaleante, herido, se retroalimentó de las fuerzas de su rival y jugó un partido ordenado, prolijo y sacrificado, que le permitió empatarle al equipo sensación. Como local, es cierto, pero en la previa esa medición de fuerzas lo ubicaba en un sitio de desventaja. Por eso, a la hora de mensurar lo realizado, Martín Palermo terminó yéndose conforme con el punto cosechado.

Marcelo Gallardo, lógicamente más ambicioso, se fue con un sabor algo más agrio. Y esto tiene que ver, entre otras cosas, porque sabía que ganar lo posicionaba con seis unidades de ventaja en la cima de la tabla y, además, porque, como señalamos en anteriores entregas, River se ha acostumbrado a ganar,

La cancha excesivamente mojada producto de la lluvia, conspiró contra la estética que suele plantear el Millonario. Y es obvio, el terreno en esas condiciones suele equiparar fuerzas entre el empeño y el juego. Cada cual con sus armas. La explosión habitual del conjunto de Núñez está vez quedó opacada por la imprecisión a la hora de definir. En cantidad no generó tantas ocasiones como en presentaciones anteriores, pero tampoco logró un grado de eficacia similar al que exhibió, por ejemplo, ante Independiente.

La gran pregunta pasaba por cómo iba a absorber la ausencia de Matías Kranevitter, un hombre clave en este esquema. Y si bien Leonardo Ponzio no brilló, tampoco desentonó para lo que es un futbolista que llevaba tanto tiempo sin ser titular y con pocos minutos en cancha. Esto significa que no fue el responsable de la carencia de juego. Sí, en cambio, River en su conjunto pareció haber sufrido el rigor de la seguidilla de partidos y el ingrato maridaje que representa el agotamiento físico con una cancha tan embarrada. Ese enemigo que creyó haber evitado el día de la suspensión del partido, volvió a hacerse presente y jugó un papel preponderante.

También es verdad que a River ya lo conocen y van entendiendo de qué manera deben jugarle. Contra esto deberá combatir en lo que resta de las competiciones que deba afrontar. Lo mismo que jugar con equipos tan cerrados, como lo fue Arsenal. Es obvio y hasta razonable que todos no saldrán a cambiar golpe por golpe.

El cansancio se hace sentir, los dolores se exacerban con el correr de las fechas, pero todo esto Gallardo deberá enfrentarlo con inteligencia. Porque está claro que su equipo no cuenta con un recambio tan eficaz como para darles descanso a aquellos futbolistas más desgastados. Ahora tendrá que jugar ante uno de los escoltas, Lanús, y ahí en entrenador pondrá en la balanza que entre ese compromiso y el posterior, que será nada menos que el Superclásico, contará una semana para rehabilitar a sus jugadores. Por eso solicitará un esfuerzo más. Así es el fútbol de impredecible y de testarudo, cuando la mayoría presagia algo, se encarga de abofetear a esos falsos profetas. Esta vez Arsenal acarició la hazaña (ganaba 1 a 0), pero River despertó a tiempo. La enseñanza que dejan estos compromisos es más que conocida: nadie puede relajarse. Cuando se baja la intensidad, se paga con puntos que quedan en el camino.

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BUENOS AIRES -- Después del errático transitar, desde lo futbolístico, que tuvo ante Godoy Cruz en el marco de la Copa Sudamericana, River sentía la íntima necesidad de demostrarse a sí mismo que su solidez táctica y que ese sistema tan efectivo y vistoso que venía desplegando, aún permanecía intacto.

Por eso la prueba con Independiente tenía en sí misma varios condimentos. Además de el de poder quedar solo en la punta, estaba el narrado, esa idea del plantel de volver a sentirse pleno. Y debía hacerlo ante un rival que venía teniendo un buen inicio de temporada.

FotobairesRiver vapuleó a Independiente en Núñez

Vaya si lo hizo. Superó el clásico con una notable solvencia y eficacia. Aventó fantasmas, si es que realmente andaba sobrevolando por alguna cabeza, y recuperó el juego y la eficacia en el arco rival. Pero como nunca la alegría puede ser completa, en una noche que parecía mágica terminó sufriendo un hechizo que para Marcelo Gallardo eclipsa la enorme felicidad.

La referencia es para la lesión de Matías Kranevitter, uno de los jugadores clave de este equipo. El volante central padece una fractura del quinto metatarsiano del pie derecho, un dedo que ya tenía golpeado y que volvió a sufrir un traumatismo, esta vez aún mayor. De esta manera, tendrá un período de recuperación de tres meses que, por supuesto, lo inhibe de cualquier convocatoria al seleccionado argentino, algo que, trascendió, iba a suceder.

Más allá de que River tiene un reemplazante de experiencia como Leonardo Ponzio, lo cierto es que Kranevitter se encontraba en un gran nivel. Un escollo importante para Gallardo, quien deberá generar los anticuerpos para superarlo.

Y esta baja se le produce justamente a las puertas del partido más trascendente para el hincha, ese por el cual se la pasó cantando en la noche del domingo: el Superclásico. Esa obsesión que tiene por derrotar a Boca casi lleva a la gente a olvidarse de los dos choques que tiene por delante, el del jueves ante Arsenal y el del domingo ante el escolta del torneo, Lanús, como visitantes ambos en canchas que históricamente le han sido complicadas.

En ese contexto es que el equipo de Gallardo navegó por sensaciones tan extremas en sólo una jornada. Ya ahondamos en la mala, la lesión de Kranevitter, ahora nos iremos para el costado opuesto, el gran triunfo y funcionamiento demostrado. Más allá de algún momento de desconcierto, lógico en cualquier equipo de fútbol, River mostró tener personalidad, amor propio y voracidad. Volvieron a marcar sus delanteros, Teo Gutiérrez y Rodrigo Mora, también lo hizo su generador de fútbol, Leonardo Pisculichi, quien encendió la alerta amarilla porque fue reemplazado con una molestia en su rodilla (aparentemente no reviste gravedad), y también se hizo presente en la red, en este caso por primera vez en forma oficial desde que llegó a River, Ariel Rojas.

Es decir, que en ese andar casi perfecto, todo funcionaba de maravillas hasta la lesión ya comentada. Y que no le parezca exagerado el redundar sobre este punto, porque estamos hablando sobre, quizás, el jugador más importante de este equipo. Avatares de un deporte donde los protagonistas están expuestos a estas contingencias y, por consiguiente, los entrenadores a demostrar que están capacitados para superarlas.

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BUENOS AIRES -- La clasificación de River para la siguiente fase de la Copa Sudamericana le deja, además del pasaporte para los octavos de final, donde se enfrentará con Libertad de Paraguay, la demostración de que estamos ante un equipo terrenal. Que más allá del estupendo nivel que viene mostrando, con cosecha de resultados incluida, puede darse la contingencia de que en algún momento un engranaje de su máquina pueda fallar.

Y si bien ante Godoy Cruz funcionó a pleno su motor futbolístico, no puede decirse lo mismo de la otra mitad del equipo, la parte de la recuperación y de la defensa. Esta vez River debió padecer como nunca había sufrido hasta ahora a lo largo de la temporada. Es curioso, porque jamás dio la sensación de que su pase de ronda corriese peligro, pero sí se encontró con un oponente que, de haber tenido una mejor puntería, habría puesto al Millo en una posición inusual para este semestre. ¿En qué falló? Principalmente es esa velocidad y orden que tenía para recuperar el balón. Ser un equipo metódico e intenso eran tópicos que le otorgaban un valor agregado a un ataque contundente, sin embargo, sin la intensidad ni la eficacia que venía exhibiendo, pasó sobresaltos.

Teo Gutiérrez
TélamRiver no tuvo un partido cómodo frente a Godoy Cruz
Pero no se puede ocultar que la voracidad por vulnerar al rival es una cualidad a la cual no margina siquiera en esos momentos de dudas. Siempre piensa en atacar, aún cuando no todo le sale a la perfección. Y fue ahí, en esa convicción, que ha encontrado a un aliado para ocultar otro tipo de errores. Esta vez sí con algunos nombres propios destacados. Rodrigo Mora le dio continuidad a su buena racha y anotó los dos goles de la victoria; Carlos Sánchez también puso el pechó y fue el otro superó a la media, más la pinceladas de Teo Gutiérrez, quien pese a caer en lagunas le ofrece a River un toque de distinción.

Falta de intensidad, fallas en la recuperación, ustedes estarán conjeturando que con este panorama una de las habituales figuras del equipo, Matías Kranevitter, no ha tenido una gran noche. Así fue nomás. Como River demostró ser un equipo terrenal, el volante central también dejó claro que es de carne y hueso y puede tener una noche regular. Y pese a que su jugador emblema del mediocampo no estuvo iluminado, el resto del once generó los anticuerpos necesarios como para suplir su escaso aporte. Fue señalado líneas arriba: más allá de no haber tenido una gran partido, el equipo de Gallardo ganó en forma merecida y creó una buena cantidad de situaciones de gol.

El propio técnico, en la conferencia de prensa, se mostró autocrítico y aseguró no irse pleno con lo realizado. Un gesto que lo vuelve transparente aún en las malas. A la catarata de elogios que River venía recibiendo, hoy hay que ponerle un freno. Porque pese a ganar merecidamente no repitió la actuación de otros compromisos. Y ahora la vara para medirlo está muy alta, por eso la exigencia es mayor. Cada cotejo será un nuevo desafío, deberá tener la inteligencia y la aptitud para superar los escollos que sus rivales le presenten.

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BUENOS AIRES -- ¿Podrá sostener este nivel con el correr tiempo? ¿Soportará desde lo físico? ¿Cómo hará para sustituir a Teo Gutiérrez? ¿De qué manera reemplazará los goles del colombiano? ¿Jugará igual ante rivales presuntamente más complejos? A lo largo de estas semanas fueron muchos los interrogantes que se plantearon desde afuera ante cada presentación de River. Quizás porque para muchos el nivel por el que está atravesando se trata sólo de un verano futbolístico.

Sin embargo, a todas esas dudas el equipo que conduce Marcelo Gallardo le opuso buen fútbol, goles y, obviamente, victorias. Cinco en forma consecutiva en el certamen doméstico. Hay que remontarse hasta 2003 para encontrar una racha semejante. Allí el entrenador del Millo era el chileno Manuel Pellegrini e hilvanó la misma cantidad de triunfos en fila. No hay nada casual ni desmedido en los análisis que se realizan. Aquellos que miraban con el rabillo del ojo, como imaginando que se trataba de una crítica tendenciosa, indulgente, hoy se topan con que la realidad que todo lo dicho es cierto.

River juega bien y hay que marcarlo sin eufemismos. Aunque para muchos suene desmedido, se trata de algo que se refrenda en cada presentación. Está la idea de juego, está la propuesta, están los intérpretes y están los que sostienen el esquema. Con mayor o menor trascendencia, pero cada engranaje de este equipo posee una función y la está poniendo en práctica con pericia. No se trata de algo casual, la continuidad en el tiempo marca que el mensaje fue captado con rapidez y es un acierto del entrenador.

Emigran los goles de Teo y aparecen los de Rodrigo Mora, sale Gabriel Marcado e ingresa un inspirado Augusto Solari, aflora el cansancio de las individualidades y surge el conjunto, River se afianza en cada presentación con una carta de presentación que para muchos técnicos es tan complejo de conseguir: un equipo.

Con niveles personales muy altos, pero sin alguien descollante. Como ya fue señalado en notas anteriores, más allá de quién haga los goles, la paridad de funcionamiento es una de las claves que le viene garantizando el éxito. Por supuesto que también se debe poner en este podio a la autoestima por las nubes, a la confianza desmedida y, como marcan los propios protagonistas, a la libertad que les ofrece el conductor, quien no sólo deja sino que también incita a que esté siempre presente la vocación de ataque.

En el marco de un fútbol tan parejo, en seis fechas disputadas ha sacado tres puntos de diferencia. No es poco. Además, junto a Newell's, son los dos invictos que tiene el campeonato. En tiempos donde aquello del paladar del hincha había quedado sepultado debajo de la desmesurada fuerza de los resultados, el River de Gallardo ha logrado que se desempolve eso de los gustos. Le dio vigencia al estilo. Y a juzgar por lo que piensa y expresa la gente, aún se le sigue dando trascendencia las formas.

Bienvenido sea que se celebre cuando un equipo juega bien. Quizás el mérito esté, también, en aglutinar consensos: la mayoría reconoce su fútbol. Eso sí, desde lejos se escuchan voces que dicen, por lo bajo, que todavía no ganó nada, algo que es cierto, pero que no debe inhibir el análisis de lo que ocurre en cada presentación del Millo. Que ha sacudido la modorra (y mediocridad) que había en el torneo de nuestro país.

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BUENOS AIRES -- El fútbol es una de los deportes que deja abierta la puerta para una inmensa cantidad de opiniones. Eso de que todos somos técnicos es un dicho popular que tiene un importante grado de veracidad.

Y dentro del amplio abanico de pensamientos, ante el gran rendimiento que venía teniendo River no faltaron los que observaban la mitad vacía del vaso. Para los refutadores compulsivos, el equipo de Marcelo Gallardo no había jugado con nadie de peso, no se sabía que iba a suceder cuando estuviese en desventaja, si iba a poder superar algún bajón en lo anímico, etc, etc.

Pues bien, el compromiso ante el flamante campeón de América, San Lorenzo, representaba una prueba que podría llegar a derrumbar o apuntalar este tipo de ideas. Se trataba de un partido ante el equipo del momento y en una cancha que de por sí es muy complicada. Y casi como la trama estuviese preparada para no dejar ningún tópico sin responder, se dio un choque con todos los condimentos. Los cuales River resolvió con notable jerarquía y convicción. Empezó perdiendo, con los primeros minutos de juego sin poder imponer su estilo, pero, pese a esas vicisitudes, dio otra muestra de que sabe lo que quiere y cómo ponerlo en práctica, por eso torció la historia.

Realmente está en esa convicción una de las claves de su gran momento. No importa la jerarquía del rival que tiene adelante, siempre busca y busca. Por diferentes caminos, con distintos intérpretes, lo que tiene claro es lo que quiere. Y ante un sistema que le está reportando tan buenos dividendos, el nivel colectivo se ha elevado en el conjunto. Como hemos expresado en anteriores análisis, es difícil encontrar figuras rutilantes. Casi todos están en un muy buen nivel. En el Nuevo Gasómetro sobresalió Leonardo Pisculichi, autor de un gol, pero, por sobre todas las cosas, gestor intelectual de cada ataque de River. Rodrigo Mora, por ejemplo, no anotó, pero tuvo un notable funcionamiento en ataque y colaboró con la recuperación de pelota. Este último punto, el de la presión bien alta, es clave para que puedan desarrollar el estilo que se ve en sus presentaciones.

Por supuesto que una propuesta tan generosa demando una gran concentración para evitar caer en errores que puedan pagarse con goles. También esto se vio el domingo. Porque tras un error defensivo fue que llegó el tanto de Mauro Matos. Sin embargo, esto no lo hizo claudicar en la idea. River siguió en lo suyo y dio vuelta el marcador y el trámite. Aún en ventaja, algo que también se vio en anteriores compromisos, no se quedó en la especulación, así fue como terminó ganando por una diferencia más amplia.

¿Podrá sostener semejante ritmo a lo largo del torneo? ¿Es posible jugar siempre así? A la hora de los recambios, ¿estarán los suplentes a la altura de los titulares? Interrogantes que sólo develará el tiempo, pero que no debería condicionar el estilo. Resignar fútbol (bajar la intensidad) pensando en lo que viene no sería aconsejable, porque no es un reaseguro que pueda servir para algo. Muchas veces el especular hace que el rival tome una magnitud que no tiene y se termine cediendo puntos producto de la mezquindad. Después de mucho tiempo, en el fútbol argentino hay un equipo que da gusto ver y que hasta es reconocido por los rivales. El domingo superó una nueva prueba, quizás la más difícil hasta ahora. Y lo hizo sin dejar a un lado sus convicciones. Bienvenido sea...

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River ilusiona

FECHA
28/08
2014
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Otra victoria de River y la sensación que queda es la de temor a excederse en los elogios. Porque la elección futbolística emprendida por Marcelo Gallardo desde que se hizo cargo de la dirección técnica, no hace más que rendirle frutos.

En la previa, cada prueba aparece como un escollo a sus pretensiones; sin embargo, esos exámenes son superados con holgura. Y desde afuera, cuando analizamos, ese fútbol que va tapando fisuras en cada presentación, que se supera ante cada compromiso, nos deja un sabor poco común: el de ponernos ante la obligación de ser redundantes en los conceptos positivos.

Tampoco pasa por no destacar una tarea si se la merece, al contrario, el tema es que muchas veces el edulcorar una idea termina por generar en el lector una sensación contraria. Pero bueno, lejos de tener una postura indulgente hacia el conductor del equipo o hacia sus intérpretes dentro del campo, la lectura objetiva vuelve a mostrarnos a un River que se saca de encima compromisos con una notable facilidad. Convirtiendo goles y fortaleciendo la visión de que el equipo funciona gracias a una suma de buenos rendimientos individuales, y no a una o dos figuras destacadas.

Aunque los rivales ya empiecen a conocerlo, a estudiar sus flaquezas y a buscar el Talón de Aquiles para entrarle por ahí, ante Defensa y Justicia, más allá de algunos sobresaltos lógicos que se atraviesan en cualquier partido, nunca vio en peligro su victoria. Mérito a una estructura que pondera el ataque por sobre la mezquindad, que propone atacar aún cuando el marcador le es favorable, que involucra a todos en la recuperación de pelota y que tiene esa idea de conjunto cuando debe jugar. Virtud del director técnico, que supo internalizar sus conceptos en un grupo que entendió a la perfección lo que pretende.

Pero claro, no estamos ante un equipo imbatible. En el fútbol eso no existe. Por eso es que habrá que estar atentos a algunos aspectos futbolísticos que abren interrogantes. El primero de ellos es: ¿hasta dónde podrá soportar semejante trajín desde lo físico? Porque tanta presión a la hora de recuperar exige desde lo físico, y conforme pasen las semanas, ese desgaste lo irán sintiendo. No es para buscarle el lado negativo a algo que viene muy bien, sino para analizar un costado que también forma parte de esta magnífica realidad. Porque nadie desconoce que en algún momento semejante esfuerzo redundará en la obligación de modificaciones y habrá que ver ahí si los relevos, con la responsabilidad sobre sus espaldas, se encuentran a la altura de los titulares. Pero eso es ir muy adelante...

El hoy indica que River otra vez ganó, jugó bien, hizo muchos goles y dejó en su gente un sabor a ilusión. Y no se trata de una reflexión edulcorada, sino del reflejo fehaciente de un equipo que está convulsionando el fútbol argentino.

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BUENOS AIRES -- Otra vez, al igual que sorprendió en el partido con Rosario Central, River cumplió con la teoría de las tres G. Esta vez, Mendoza fue el escenario del golear, ganar y gustar que protagonizó el equipo de Marcelo Gallardo.

Con solidez, autoridad, convicción y, por qué no, con la dosis de fortuna necesaria, River tuvo otra actuación sobresaliente. Godoy Cruz puede dar fe de que, con todos sus atributos, el Millo se convierte en un oponente temible.

Lo que queda claro es que en el River de hoy el sistema fue el que potenció a los nombres. No podemos olvidarnos de que, a priori, una de las falencias que se le marcaba era que el plantel no contaba con nombres de jerarquía. Sin ir más lejos, se cuestionaba a Carlos Sánchez, a Rodrigo Mora, entre otros, porque habían sido dados de baja en otra época y parecían nombres de rezago; sin embargo, ellos, al igual que muchos de sus compañeros, están teniendo un nivel superlativo. Mérito del entrenador, que supo convencerlos (a todos) de cuál es el camino que deben seguir.

Gallardo es un gran conocedor del mundo riverplatense y sabe cómo funciona el paladar de su gente. El sendero del ataque, de la reivindicación del estilo histórico, es un reaseguro aún en los momentos en que las cosas no salen. Y ahora, que tiene los planetas alineados a su favor, esa idea de juego que está poniendo en práctica no hace más que exacerbar el buen funcionamiento.

Muchos nos preguntábamos cómo iba a hacer el técnico que se hiciese cargo del equipo campeón y con un Ramón Díaz renunciante para soportar semejante carga. Gallardo contaba con la espalda que siempre tiene el ídolo, pero se sabe que la tolerancia del hincha suele tener como tope, con mayor o menor plazo, a los malos resultados. Y aquí es donde debe destacarse el plan de acción del Muñeco. Porque lo confeccionó con el corazón puesto en rojo y blanco. Esa vuelta a las raíces, en el discurso y también en la práctica, fue decisiva. Lo mismo que la participación que les está dando a los juveniles. Todo esto cautiva a la gente, la seduce. El público quiere ganar, es innegable, pero los caminos para alcanzar esas victorias, en el caso de River, también interesan.

De lo narrado surge la explicación de por qué hoy Gallardo vive una espléndida luna de miel con los hinchas. Para aquellos que pretendan bajar el nivel de elogios diciendo que esto recién empieza y que apenas ganó dos partidos, la respuesta es que resulta obvio ese pensamiento; sería una torpeza intentar esconder esa afirmación, pero desde esta columna siempre ponderamos las formas antes que los resultados, y el camino que prefirió encarar el Muñeco, desde el estilo, es el que llena a cualquier alma futbolera.

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BUENOS AIRES -- Regularidad y constancia, condimentos que sirven para transformar un buen funcionamiento de coyuntura en uno que se mantenga en el tiempo. No es sencillo, obvio, quizás se trate del desafío más exigente para cualquier entrenador. Y esta idea no está reñida a lo que pueda suceder con los resultados. Ese análisis va por otro carril.

Siempre ganar, o en el caso de River superar una fase por tiros desde el punto del penal, otorga una cierta tranquilidad para el trabajo a futuro, pero cuando la idea es configurar un equipo que juegue bien la mayoría de sus compromisos, el pensamiento debe virar indefectiblemente hacia otros parámetros.

River
Fotobaires.comEl festejo del equipo tras la clasificación. Es un buen paso
Ante Colón, el conjunto que dirige Marcelo Gallardo no se pareció en casi nada a ese que derrotó y maniató a Rosario Central el pasado domingo en el torneo local. Es cierto, la alineación sufrió siete modificaciones y eso no es poco. Pero en esa apuesta por la excelencia seguramente que el entrenador apunta a que quienes ingresen tengan incorporadas las mismas ideas que los titulares. Será esa una tarea ardua y compleja.

También resultará inevitable caer en la comparación de todo lo que River produzca va a tener la altísima vara de lo que hasta hoy fue su pico de funcionamiento (ante Central). Y es lógico que ese rendimiento no pueda ser constante, porque de lograrlo estaríamos en presencia de uno de los mejores equipos de la actualidad en el contexto mundial.

De las palabras de Gallardo se desprende que trabaja para conseguir la excelencia, habrá que ver si cuenta con un plantel cuantitativamente apto para alcanzarla. Una porción ya dio muestras de que posee la idoneidad para llegar a hacer lo que el Muñeco pretende, la otra hasta el momento ha quedado en deuda. O quizás la pericia del director técnico esté en darse cuenta de que titulares y suplentes no pueden jugar de la misma forma y configurar un sistema táctico distinto, alternativo, para los momentos en los cuales salta al campo la formación sustituta.

River
Fotobaires.comGallardo intentará ante Arsenal seguir en la senda ganadora
Teniendo en cuenta el deseo de mejorar, lo positivo es que el propio entrenador no antepone los resultados a su idea. Después del partido que lo depositó en los cuartos de final de la Copa Argentina reconoció que no jugaron bien y que superar instancias apelando a la vía de los tiros penales no es lo que pretende, un buen punto de partida para encontrar los mecanismos que le permitan llegar al punto de que sean más los cotejos que juegue bien que los que juegue mal.

Quizás suene demasiado idealista eso del funcionamiento, pero tengamos en claro que este es un buen momento para apostar por eso. River viene de salir campeón y Gallardo es un técnico que siempre ha paladeado los gustos del Millo, un gran maridaje... El camino es el correcto, el conductor es el idóneo y los intérpretes tienen aptitud. El horizonte, que parecía estar nublado ante la repentina ida de Ramón Díaz, va encontrando algo de claridad.

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BUENOS AIRES -- Casi como si fuese un cómplice espejismo, el hincha de River disfrutó, en una forma que hacía rato que no paladeaba, de la vuelta del actual campeón del fútbol argentino a su casa.

Pese a que llegaba con nuevo entrenador, con un plantel sin tantos nombres destacados como en la campaña pasada, y con dos presentaciones oficiales previas que no invitaban a su gente a ilusionarse (empate, con victoria por penales, ante Ferro por Copa Argentina, e igualdad en La Plata ante Gimnasia por el certamen local), ese camino que tanto añora Marcelo Gallardo comenzó a ser transitado por sus dirigidos.

Con un fútbol de ataque, con circulación de pelota, con triangulación por las bandas, con presión en la salida del rival, con llegadas claras. A ustedes les parecerá un análisis sobredimensionado, pero no es así, se los aseguro, si no hubiese sido por la falta de precisión a la hora de definir, el primer tiempo que jugó el Millonario hubiese sido el ideal.

FotobairesTeo Gutiérrez abrió el marcador ante Central

Esto involucra lo que son, quizás, los dos aspectos más importantes del fútbol: lo colectivo y lo individual. Porque es complejo lograr que un equipo sea aprobado, con buena nota, en ambos tópicos. Siempre uno termina supliendo las carencias del otro y viceversa.

El domingo River se destacó por haber mostrado un notable funcionamiento de conjunto. Presionando en grupo, asociado a la hora de recuperar la pelota y haciendo circular en balón a la hora del ataque. Cada intento pasaba por varios pies, no eran arrestos individuales. A tal punto sobresalió el conjunto que a la hora de buscar una figura nos encontramos con que casi todos los jugadores anduvieron bien o muy bien. Uno de los mejores partidos de Teo Gutiérrez, una versión dinámica y desequilibrante de Carlos Sánchez, un Rodrigo Mora que, pese a no anotar, fue decisivo para el equipo, el Piri Vangioni de los mejores tiempos, dos cambios tácticos que al técnico le rindieron de la mejor forma (los ingresos de Matías Kranevitter y de Ariel Rojas) y así podríamos seguir destacando las virtudes de cada uno.

El que lee esta catarata de elogios se estará preguntando, con esa ironía de tablón, "para qué seguir jugando el torneo si estamos en presencia del campeón". No es así. Justamente en el comienzo se aclaraba que River venía de dos presentaciones muy flojas. El fútbol tiene esto, se puede pasar de lo malo a lo bueno y de lo bueno a lo malo casi sin una escala previa. Los análisis involucran el día a día. Por esto es que ahora Gallardo tendrá por delante el complejo desafío de la continuidad, de poder conseguir que su equipo incorpore ese funcionamiento y lo haga carne, que le salga de manera natural.

El desafío más difícil para cualquier director técnico. Ese que transforma a un equipo con aspiraciones en uno que puede hacer historia. La lectura cruda y realista es que este River, con un plantel corto y sin tantas estrellas, no se perfilaba como para perpetuarse en el tiempo, sin embargo dio una muestra de que el potencial para hacer cosas importantes lo tiene. Habrá que ver si ese gen que pretende incorporarle el Gallardo, el que se vio ante Rosario Central, sólo forma parte de ese cómplice espejismo que quiso darle un marco de gala a la vuelta del Muñeco al Monumental, o si realmente estamos ante el embrión de un gran equipo.

El tiempo lo dirá.

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BUENOS AIRES -- Hay que rendirse ante las evidencias. Más allá del título de campeón, que para muchos significa un reaseguro de ser el mejor equipo de la temporada, lo cierto es que River, realmente, terminó justificando el por qué de la conquista.

Esperada, soñada, merecida, postergada, pero que le llegó de la mano de una gran remontada de la mitad del campeonato hacia adelante. Después de muchos años, de páginas oscuras que ensombrecieron su historia, River volvió a creer en sí mismo, a darse cuenta de que, aunque es cierto que con la chapa sola ya no se gana nada, cuando un grande entra en zona de definición teniendo la autoestima bien alta, es complicado que ese sprint final se le escape.

Algunos pensarán hoy que no estaríamos marcando lo mismo si Chichizola no le atajaba el penal a Saja. Pero no es así. Ese fue un triunfo importante para River, es cierto, pero también es verdad que a lo largo de un campeonato son muchos los vaivenes que se sufren, los puntos que se ganas con el azar, gracias a lo fortuito o simplemente con algo de suerte, casi la misma cantidad de los que, por motivos similares, se van dejando en el camino.

Quizás la clave central haya estado en el Monumental, en hacerse respectar en su casa. River ya dejó de ofrecer su escenario como cuna de resultados épicos de sus visitantes. En estos días, aquel que va a Núñez lo hace sabiendo que no la tendrá sencilla y que, posiblemente, deje tres puntos como peaje obligatorio para continuar en el campeonato. Esa impresionante cosecha fue la que le dio la cantidad de unidades necesaria para imponerse en el torneo.

Pero hay más claves. Los jugadores que vinieron desde el banco de los suplentes fueron tanto o más importantes que los titulares. Los penales atajados por Leandro Chichizola, el gol de Ramiro Funes Mori a Boca, las irrupciones del Keko Villalva, la gran aparición de Ariel Rojas y del Lobo Ledesma, ambos suplentes en el comienzo de la temporada, en fin, son sólo algunos ejemplos de que Ramón, cada vez que debió echar mano a los relevos, lo hizo sabiendo que le rendirían igual o mejor que los titulares.

Los goles de Fernando Cavenaghi y su presencia dentro del grupo, como líder también afuera del campo, el aggiornamiento de Ramón Díaz a las necesidades de su plantel, todos son tópicos que aportaron para que hoy el Millonario esté viviendo una notable fiesta.

Y detrás de aquellos ojos vidriosos de los hinchas que festejaron en el Monumental se escondía esa mezcla de alegría y dolor, de pasión y de revancha, era lo que la gente necesitaba palpitar para sepultar aquel ingrato recuerdo de la B Nacional. Por eso las lágrimas, por eso la fiesta desbordante, por eso el agradecimiento eterno que el hincha le tributó al equipo. Tenían que cerrar una grieta en su alma, y lo hicieron. Porque es verdad que en la historia la estadística negra va a figurar siempre, pero también dirá que la recuperación no se hizo esperar tanto tiempo. Porque de la mano de Ramón y con la conducción de Cavenaghi, River recuperó su memoria y engrosó su nutrida vitrina de trofeos. ¡Un merecido campeón!

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