La clase del 2013 en las boletas del Salón de la Fama está plagada de nombres ilustres, que en otras circunstancias, entrarían sin mucho cuestionamiento en el templo de Cooperstown.

Barry Bonds, con sus siete títulos de Jugador Más Valioso de la Liga Nacional y su cifra suprema de 762 cuadrangulares, Roger Clemens, siete veces ganador del premio Cy Young en la Americana y el dominicano Sammy Sosa, con sus 609 jonrones, octavo en la lista de todos los tiempos, deberían tener garantizada su inmortalidad.

Biggio Family
Ronald Martinez/Getty ImagesBiggio está en la misma lista que otros grandes como Bonds, Clemens y Sosa.
Pero para nadie es un secreto que sus nombres están asociados a una etapa negra del béisbol, cuando los esteroides alteraron por completo el juego y sus estadísticas.

Desde que las Grandes Ligas implementaron su política antidopaje, ningún pelotero relacionado con el uso de sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento ha conseguido un nicho en Cooperstown y por ahora, las cosas no parece que vayan a cambiar.

En años recientes se quedaron "con la carabina al hombro" personajes como Mark McGwire y el cubano Rafael Palmeiro, cuyos números son más que suficientes para abrirles las puertas del Salón de la Fama.

Precisamente, las esperanzas del Big Mac y del tranquilo Palmeiro descansan por el momento en lo que pueda pasar con Bonds, Clemens, Sosa y compañía.

Si alguno de ellos consigue romper la barrera establecida de manera tácita por el votantes de la Asociación de Escritores de Béisbol de América (BBWAA), ya veremos una avalancha de estos jugadores siguiendo sus pasos.

Y entre tantos ex peloteros de dominaron la élite de las Grandes Ligas desde finales de los 80, toda la década de los 90 y los primeros diez años de este siglo XXI, y que ahora aparecen por primera vez en la boleta, la única apuesta que parece segura es la de Craig Biggio, quien fuera catcher, segunda base y jardinero de los Astros de Houston.

Biggio es una especie rara en estos tiempos, pues pasó los 20 años de su carrera con un solo equipo y fue de esos peloteros que desde el primer hasta el último día dejó el alma sobre el terreno.

La fidelidad a una franquicia en estos tiempos de ofertas millonarias en la agencia libre, es algo que debería tomarse en cuenta a la hora de emitir un voto.

Al mismo tiempo que denota el compromiso que el pelotero asume con el equipo que le dio la primera oportunidad de jugaren Grandes Ligas, habla de la excepcional calidad mostrada en su carrera, suficiente para convencer a la gerencia del equipo de la conveniencia de mantenerlo de manera permanente (claro, no estamos hablando de los Marlins).

Para que se tenga una idea de lo que representa jugar 20 temporadas para un mismo equipo, basta decir que Chipper Jones, que acaba de anunciar su retiro, pasó 19 con los Bravos de Atlanta y Derek Jeter lleva 18 con los Yankees, para que luego no digan que 20 años no es nada. Biggio fue escogido en la primera ronda del draft amateur de 1987 y un año después debutaba en las Mayores como receptor.

Además se desempeñó en los jardines y no fue hasta 1992 que fue movido definitivamente a la intermedia, posición que defendió en 1989 de los 2780 juegos en que participó, con cuatro Guantes de Oro en su haber.

No fue un rompecercas en la época en que cualquiera despachaba 40 cuadrangulares en una temporada, lo cual podría tomarse como prueba de que jugó limpio en la era de los esteroides, a juzgar por su físico que jamás llegó a las 200 libras de peso.

Aunque se las arregló para disparar 291 bambinazos, fue sobre todo un gran bateador de tacto que castigó a los rivales con 3,060 imparables, de ellos 668 dobletes, quinto en la lista de todos los tiempos y la cifra más alta para un bateador derecho.

Sólo 14 peloteros a lo largo de la historia anotaron más carreras que él (1,844), además de ser un excelente robador de bases, que estafó 414 almohadillas y fue sorprendido en el intento solamente en 124 ocasiones.

Y una muestra irrebatible de su entrega es la cantidad de veces que recibió pelotazos en la caja de bateo, buscando embasarse a como diera lugar con tal de ayudar a su equipo.

Fueron 285 los pitcheos que se alojaron en su anatomía, apenas dos menos que Hugh Jennings, quien jugó entre 1891 y 1918.

Estos son apenas algunos de sus números, pero suficientes para que el 9 de enero suene su teléfono anunciándole su entrada a Cooperstown.