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ESPN Deportes: domingo, 23 de mayo de 2010
Venus sin codificar

BUENOS AIRES -- Venus Williams sabe muchísimo de marketing y muy poco de sutilezas. Por eso es difícil sorprenderse cuando inventa nuevas maneras de llamar la atención. Esta vez, en Roland Garros, les regaló a sus fanáticos un vestuario salido de un catálogo erótico: una especie de camisón corto que reveló, en su debut ante Schnyder, sus largas y bronceadas piernas. Maravilloso.

Se trata de un pequeño vestido, un camisón breve, en tonos de negro con vivos rojos y una delicada transparencia con encajes que revela menos de lo que deja ver. Ahora bien, esto no es por sí mismo algo novedoso. Durante los últimos años varias mujeres supieron alimentar ese juego de seducción que se despertó casi de inmediato con la platea masculina. Se puede pensar en los modelos que lució Ivanovic, en las galas nocturnas de Sharapova y en las mañas que fue tejiendo Lacoste para que las polleras de Dulko resultaran cada vez más cortas.

El diseño que usó Venus, dice la jugadora, es propio. Esto tampoco es una noticia de último momento. Es uno de los diez modelos que lleva a cada torneo. Ya lo había hecho, por ejemplo, en el último Abierto de Australia.

El tema es que, esta vez, Venus terminó con un límite que parecía un tabú: su vestido no cubrió sus piernas, ni su cola. En cada saque, la pollera se levantaba hasta la cintura. En lugar de depender de su falda para esconder su carne, ella usó unas calzas color piel, ajustadas al cuerpo, que confundieron a muchos aficionados. "El traje está compuesto por capas y parece como si no llevara nada debajo", señaló con picardía la mayor de las Williams después de su triunfo de primera ronda. El efecto se acrecienta si uno mira el partido por TV, con el sol en contra. Venus parece desnuda.

Quiero alejar cualquier lectura moralista de este espacio: lo que haga Venus con su vida, mucho más con su cuerpo, es una cuestión que le incumbe sólamente a Venus. Ahora bien, es interesante analizar la conducta de la tenista a partir de las convenciones impuestas hasta el momento.

Durante años, los fabricantes de indumentaria deportiva intentaron transformar a las jugadoras en muñecas coquetas. El confort de los diseños se fue dejando de lado para aumentar la provocación: llegaron los escotes, los uniformes ajustados, las faldas inexistentes. Todo ese manejo -parece claro- tuvo como principal objetivo canalizar el apetito por desvestir a las tenistas: cada vez tenían menos ropa.

Pero algo permanecía inalterable. Siempre sugerían, nunca mostraban. Cualquier voyeurismo chocaba con esta pared, que al mismo tiempo alimentaba el morbo: seguir mirando para saber qué había debajo del vestido. Vitaminas para la fantasía, un límite, una frontera que nunca se podrá cruzar. El misterio de lo que hay más allá es el arma de los comerciantes.

Provocativa, inteligente, desafiante, Venus se ríe de las convenciones, los tabúes y los límites. Desde un terreno simbólico destroza las barrera. Borra la codificación de la sugerencia, destroza el erotismo. Allí donde hay explicitud, no hay fantasía posible.

Su postura es una medida de fuerza para saciar el hambre y el morbo: "Yo muestro todo. No hay nada que buscar". Dicho de una manera más contundente todavía: "Yo muestro todo, no miren más". Que su desnudez sea ficticia solamente parece amplificar el punto. Venus hace desaparecer la seducción porque despedaza el misterio. Rompe el juego erótico del deseo porque lo convierte en una pornografía explícita que, para colmo, es falsa. Queda irresuelta: "Miren todo lo que quieran, y verán que lo que quieren no está allí donde miran".

El resto no tiene cómo competir. Sugerir, ahora, queda en deficiencia por comparación. Mostrar, como lo hace Venus, explícitamente, acaba para siempre con el juego que el marketing busca perpetuar.

Queriendo, o sin querer, con un vestido y unas calzas, Venus se despachó con un manifiesto feminista. Que sea el fin de la tenista objeto. Que sea el fin del hambre sexual solapado. Que sea el fin de los hombres que miran sin mirar, legitimados por el entorno de una cancha de tenis, las piernas de una deportista en busca de algo, cualquier cosa, que escape a los límites.




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