Ciclista de laboratorio

La confesión de Lance Armstrong alienta el debate

7:20 ET
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Alejandro Caravario Por Alejandro Caravario
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Armstrong Getty Images Si los químicos ayudan a la construcción de un coloso como Armstrong, ¿es sensato desecharlos?

BUENOS AIRES -- El informe publicado por la Agencia Antidopaje de los Estados Unidos (Usada) ya lo había puesto contra las cuerdas. Allí se decía que Lance Armstrong, el ciclista sin adversarios (también derrotó al cáncer) había acudido a "la mayor y más sofisticada trama de dopaje" en la historia reciente del deporte.

Las pruebas categóricas llevaron a que cundiera el escándalo. Empresas patrocinadoras y dirigentes deportivos encabezaron la lista de viudas estafadas.

De inmediato, la Unión Ciclista Internacional (UCI) despojó al ciclista tejano de los siete Tour de France obtenidos en forma consecutiva entre 1999 y 2005 y lo suspendió de por vida.

De todos modos, aún le faltaba un eslabón al drama. Hace pocos días, el propio Armstrong admitió lo que hasta entonces había negado (incluso en los tribunales). Que su carrera deportiva, en efecto, fue diseñada en un laboratorio y apoyada en una mágica trinidad: EPO, transfusiones y testosterona.

Entrevistado por la súper estrella de la televisión Oprah Winfrey, el ciclista se sinceró, algo tardíamente, sobre los excesos de su época de campeón, a la que caracterizó como "una gran mentira".

También tardíamente, el COI fue la última organización en rasgarse públicamente las vestiduras y exigió la devolución de la medalla de bronce que Lance ganó en los Juegos de Sidney 2000.

A pesar de tanta ofuscación, es probable que muchas de las almas heridas por la confesión de Armstrong hayan preferido no escuchar su principal declaración: "No se puede ganar siete veces el Tour de France sin doparse".

Las sospechas de que esta prueba es un templo del dopaje abarca hasta al público ajeno al ciclismo. Por lo tanto, uno imagina que las autoridades deportivas responsables han aplicado un celo obsesivo en chequear la limpieza de la competencia.

Sin embargo, Lance dio a entender que los controles eran bastante laxos. Difícil de entender. Dejemos de lado que el titular de la UCI, Pat McQuaid, ahora devastado por las revelaciones acerca de transfusiones y cocteles de drogas, ha reconocido donaciones hechas por el tejano a la institución que preside. Suena más que desprolijo pero, insisto, dejémoslo de lado.

No señalemos corresponsables directos del dopaje impune y sostenido. Simplemente apuntemos que parece irrealizable una trampa tan perfecta y duradera sin el aporte de muchos que, al igual que Lance, saben que no se gana tantas veces la principal carrera del mundo sin ayuda de sustancias ilegales.

No creo que los que se dicen sorprendidos y decepcionados estén realmente soportando ese trance. Tampoco me parece que su supuesta complicidad con Armstrong y otros ciclistas que acuden al dopaje hable de una moral criminal como se indignan algunos.

Existe un sector del mapa deportivo internacional (en el que el ciclismo es sólo una parte) que acepta el uso de químicos que contribuyen a mejorar la performance de los atletas porque de ese modo también se potencia el producto deportivo.

Aceptan que el precio de la victoria es cada vez más alto, pero que la recompensa y el valor del espectáculo (los héroes y sus proezas) siguen la misma proporción.

Si los químicos ayudan a la construcción de un coloso como Armstrong, ¿es sensato desecharlos? ¿No es lícito incorporarlos de manera responsable y regulada, en lugar de fomentar la clandestinidad? ¿No lograríamos así un rendimiento superior de los deportistas y una progresión de pruebas cada vez más exigentes y atractivas?

Por ese lado van las hipótesis. Dignas de discutirse, claro. Pero para eso primero habría quque salir del closet y dejar de fingir espanto.


Alejandro Caravario nació en Buenos Aires en 1963. En más de 20 años de actividad en el periodismo gráfico, pasó con suerte diversa por innumerables redacciones: Clarín, El Gráfico, Llegás, 7 Días, Perfil, Crítica de la Argentina, entre otras tantas. Fue uno de los fundadores del diario deportivo Olé y director de su revista, Mística. De pluma versátil, ligeramente esquizoide, se ha movido en géneros que van desde el deporte hasta la reseña literaria. En sus momentos de ocio, que no son pocos, se aboca a la narrativa: es autor de un libro de relatos (Sangra), y tres novelas (Costumbres de la carne, Palermo y Mamá se hizo las tetas, ésta última inédita), obras de notable mérito, de las que, lamentablemente, el público casi no se ha enterado. Consulta su archivo de columnas.