Debutó organizando el torneo

En el año 1927 Perú se incorporó a la CSF, lo que significó otra suma esperada por la comunidad del fútbol de América

16:03 ET
Actualizado el
 

BUENOS AIRES (EFE) -- En el año de gracia de 1927 Perú se incorporó a la Confederación Sudamericana de Fútbol (CSF), lo que significó otra suma grata y esperada a la comunidad del fútbol de América, y revelando una organización sólida y responsable, formuló junto con la petición de inscripción su intención de ser anfitrión, en Lima, del torneo por la Copa América de esa temporada, derecho que le fue conferido por unanimidad de los dirigentes.

Concurrieron Argentina, Bolivia y Uruguay y la selección local, y estuvieron ausentes Chile y Brasil. El pueblo peruano recibió afectuosamente a los futbolistas y delegados visitantes y le puso marco a una fiesta del fútbol que ha sido recordada durante muchos años por quienes tuvieron la fortuna de participar como jugadores, dirigentes o periodistas.

El campeonato fue ganado por Argentina, el equipo que comandaba aquel jugador notable que fue Manuel 'Nolo' Ferreira, el estratega, el cerebro de una fenomenal delantera que integraban el veloz Carricaberry; el ingenioso Ochoa, al que llamaban "Ochoíta", el rey de la gambeta; Ferreira; Manuel Seoane, un futbolista completo, y el provinciano Segundo Luna.

En los últimos partidos "Ochoíta", amigo de Carlos Gardel, fue sustituido por Maglio, jugador del San Lorenzo de Almagro. Este brillante futbolista era hijo de Juan Maglio +Pacho+, famoso bandoneonista y compositor de tangos de antología. Juancito Maglio era también destacando ejecutante del bandoneón.

En 1931 fue a jugar a Italia y a su regreso formó una orquesta típica que alcanzó grandes éxitos. Juancito, como se le llamaba en el ambiente del fútbol y del tango, murió joven, como los elegidos.

El campeonato de 1928 fue suspendido. Las elecciones de Argentina y Uruguay, comprometidos a asistir a los Juegos Olímpicos de Amsterdam, que se celebraron ese año, fueron el factor determinante de este decisión de los dirigentes, y entonces la Copa América volvió a disputarse en 1929, esta vez en Buenos Aires.

Los escenarios elegidos fueron la cancha del club River Plate, en el barrio de Palermo Chico; la del "gasómetro" de San Lorenzo de Almagro, en Boedo; y la del club Independiente de Avellaneda, inaugurada en esos días.

Una de las sorpresas de este torneo fue la brillante actuación de Paraguay ante Uruguay, en el encuentro inaugural del torneo. Ganaron los guaraníes por 3-0 frente a un conjunto oriental deprimido, carente de entusiasmo, casi desinteresado por defender su viejo y legítimo prestigio, pese a que en sus filas contaba con siete jugadores que habían obtenido la medalla de oro en los Juegos Olímpicos.

Argentina, que jugó todos sus partidos en la cancha de San Lorenzo, retuvo la Copa América. Su rendimiento fue extraordinario y nuevamente 'Nolo' Ferreira se convirtió en el jugador clave del equipo y uno de los máximos goleadores del campeonato.

Pero tras aquel torneo de Buenos Aires la Copa América iba a entrar en un largo período de olvido. Había nacido otro rival de más transcendencia: la Copa del Mundo. Su primera edición, disputada en 1930 en Montevideo, redujo, por miras colectivas más ambiciosas, el campeonato sudamericano, que pasó desde entonces penurias y olvidos.

Coindidió con la implantación del profesionalismo en la mayoría de las asociaciones rectoras del fútbol de América.

Y el fútbol profesionalizado, imponiendo mayores obligaciones económicas a los clubes -en muchos casos abrumadoras- estimuló más tarde el impulso de darle mayor importancia a las competiciones internacionales entre clubes.

Pero la Copa América resurgió por inspiración de la Federación Peruana, deseosa de organizar un torneo extraordinario en coincidencia con la celebración del cuarto centenario de la fundación de la bella Lima, y de esa manera el viejo y famoso certamen volvió a la vida en enero de 1935.

Participaron Argentina, Uruguay, Chile y Perú. Todavía no había alumbrado el milagro del avión de pasajeros, por lo que los equipos del Río de la Plata tuvieron que cumplir un largo viaje con medios variados. Los uruguayos fueron en vapor desde Montevideo a Buenos Aires y desde allí en ferrocarril, junto con los argentinos, hasta Santiago de Chile. Más tarde fueron transportados en autobús hasta el puerto de Valparaíso, en vapor hasta el puerto del Callao y en autobús desde el Callao a Lima, para jugar en el estadio Nacional de Santa Beatríz.

En la selección chilena brilló su capitán, Giúdice, y en Perú el recordado "Lolo" Fernández, ídolo del Universitario de Deportes. En Argentina destacaban Minella, Masantonio, Lauri y Arrieta, entre otros.

En la selección de Uruguay permanecía el legendario José Nasazzi, dos veces campeón olímpico y campeón mundial, y otros gloriosos veteranos como el "Manco" Castro y Lorenzo Fernández. Los uruguayos, en un notable resurgimiento de la calidad de su fútbol, vencieron por 3-0 a los argentinos en el partido clave y resultaron campeones.

En 1937 hubo "quorum" casi perfecto y en el torneo disputado en Buenos Aires participaron la mayor cantidad de competidores hasta ese momento: Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay y sólo faltó Bolivia a la cita. En el equipo paraguayo apareció un jugador de vanguardia, de talla pequeña, de nombre Arsenio Erico, que iba a hacer historia en el fútbol argentino y continental.

Uruguay sufrió tres derrotas en cuatro partidos, pero se recuperó en el clásico del Río de la Plata y venció a Argentina por 3-2. En el conjunto celeste destacó Severino Varela, un hombre que pocos años después sería ídolo de los hinchas del Boca Juniors argentino.

Pero Argentina ganó el torneo tras vencer a Brasil con dos tantos logrados por Vicente de la Mata en una prórroga de 30 minutos.

Apenas terminado el campeonato, Arsenio Erico, que era un joven tímido, delgado y bastante desgarbado, regresó a Buenos Aires con la ilusión de triunfar en el fútbol argentino. Se enroló en el club Independiente y fue una revelación. Resultó un goleador extraordinario y durante varios años se mantuvo en el primer lugar de las tablas de cañoneros.

Y se recuerda que en una temporada futbolística una poderosa empresa de tabaco que elaboraba los cigarrillos "43" instituyó un premio para el jugador que, al final del torneo, marcara 43 goles.

En el último partido del torneo Erico consiguió su gol número 43 y tuvo la oportunidad de marcar otros, pero para no superar el número establecido por la empresa tabacalera preparó jugadas para que anotaran sus compañeros y desechó los que sus compañeros preparaban para él. Erico ganó el premio de los "43".