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Maidana y Matthysse, una pelea a puertas cerradas

Cuando todo hubo terminado, me encaminé a los vestuarios para saludar a ambos. Había sido una batalla intensa y muy pareja, entre dos jóvenes que, como me enteré después, se conocían desde casi niños, cuando ambos viajaban por los pueblos de Santa Fe para combatir en los clubes de barrio.

La pelea que como quedó dicho, fue intensa y pareja, dejó a un ganador en un costado de los vestuarios y a un derrotado en otro. El doctor Hugo Rodríguez Papini –destacado médico de la Federación Argentina y del Comité Olímpico-, se acercó lentamente a ellos.

Los hizo tomar asiento, juntos y frente a él. Y luego les dio palabras llenas de esperanza hacia el futuro, diciéndoles que era, apenas, una pelea ganada por uno y perdida por otro, pero que había muchos éxitos por lograr, tanto para uno como para otro.

No se equivocó, puesto que años después, ambos iban a consagrarse campeones del mundo.

Apenas unos días de aquel momento, antes me enteré del tema cuando Luis Romio –histórico dirigente de la Federación Argentina de Box- nos contó lo que iba a ocurrir.

“El lunes vamos a hacer una pelea a puertas cerradas, o sea en privado por lo menos para el público, ¿Querés venir?”. Por supuesto, le dije que sí, pero también pregunté qué íbamos a ver y por qué. Ese próximo lunes iba a ser el 29 de marzo de 2004: han pasado 20 años de aquel momento.

“El próximo lunes Marcos Maidana y Lucas Matthysse van a pelear a puertas cerradas. El ganador irá a Brasil, para el torneo preolímpico de los Juegos de Atenas”, explicó Romio.

“Son los dos mejores de la categoría de 64 kilos, pero lógicamente, hay espacio para uno solo. Así que, para evitar la presión del público, y porque más que un espectáculo, es un combate eliminatorio. No quisimos ser nosotros quien designara al que va a viajar, nos parece más justo que se gane el puesto en el ring”.

Entre los pocos asistentes iba a haber lugar para los periodistas. Así que ahí fuimos junto con Ramón Cairo –el fotógrafo más reconocido del ambiente, hombre de la revista “Ring Side”, que dirigí por 25 años-. También estuvo Marcelo González, por entonces de “Combate Space”. Fuimos, pues, dos periodistas asistentes. Aquel día llegamos más de una hora antes de la pelea y tomamos un café en el viejo “Tuñín” con Osvaldo Bisbal (presidente de la FAB), Luis Romio, Jorge Domínguez (el entrenador del equipo nacional), Carlos Rodríguez y Jorge Molina, todos ellos de la FAB.

Nadie dijo una palabra sobre la pelea. En un momento, Bisbal se levantó y todos nos pusimos de pie, para acompañarlo, pero fue en vano: “Los muchachos aún no han llegado”, dijo alguien. “Hay que seguir esperando”. Por fin nos dirigimos al estadio de Castro Barros 75. Estaba vacío y silencioso.

Sólo unas pocas personas pudimos ver la “pelea privada”. Aparecieron algunos componentes de la Selección Nacional. También apareció el ex campeón del mundo pluma WBO, Pablo Chacón, que había logrado el bronce en los Juegos de Atlanta (1996) compartiendo podio con Floyd Mayweather. Tito Zelikowickz –ex referí y hombre de gran confianza de Bisbal-, un juvenil Gerardo Poggi –hoy destacado referí profesional- y veteranos de la Federación como Francisco Seleme, Héctor Ciutta, Jorge Molina.

También aparecieron los hermanos Sosa: José Rafael “Monito” y Roberto “Incho” junto con Ariel “Combito” Toledo. De pronto, en la tribuna especial, solitario y expectante, divisamos la figura de Jorge Fernando “El Roña” Castro que tampoco quería perderse semejante choque.

Era la cuarta vez que se medían. Marcos Maidana había ganado dos y la otra había sido un empate. Empezaron a repartir tarjetas. Nos dieron una a cada uno de los presentes (excepción hecha con Cairo, porque tenía que obtener las fotos y Castro, que se quedó en el balcón de la especial viendo la pelea).

Por supuesto, no todas iban a ser oficiales, pero la idea era tener, de paso, una visión general de los presentes. Pasamos por el vestuario. Distanciados, sin mirarse, los dos amigos se preparaban en silencio. Se adivinaba la tensión en el ambiente. Matías Ferreira y Néstor, hermano de Omar Narváez, iban a asistir a Lucas, mientras que en el rincón de Maidana estuvieron Brizuela -quien finalmente fue el único que nos representó en Atenas, en los 57 kilos- y Javier, hermano de Chacón.

Los técnicos de la Selección –Domínguez, Nieva, Morales- quedaron como simples espectadores. Iba a ser, sin duda, una pelea hombre a hombre. No recuerdo si hubo un referí, pero creo que no. Era, pues, un duelo a cara o cruz, con lugar para uno solo. Romio y Bisbal utilizaron lo que entonces era la máquina de contabilizar golpes, cuyo resultado solamente se iba a conocer al final de la pelea, que había sido pactada a 5 rounds.

Matthysse (22 años) poseedor de una gran técnica, ganó para este cronista los dos primeros rounds, mientras que Maidana (21) se impuso en los dos restantes. O sea que, para el quinto round, la pelea estaba técnicamente empatada, al menos para mi tarjeta.

No fue una pelea cruenta como imaginamos, sino un choque duro entre un talentoso como Lucas y una gran peleador como Marcos. En el último asalto y tirando golpes con una velocidad y fuerza que fueron siempre su marca registrada, Marcos logró sacar la ventaja necesaria como llevarse la victoria. Si hubiera sido una pelea común, el empate habría sido aplaudido por un público imaginario, pues no había nadie salvo los mencionados. Pero el hubiera no existe, y no se podía dar empate.

Finalmente se supo el veredicto, y Maidana ganó por 38 golpes a 31. O sea una ventaja de apenas 7 golpes en 5 asaltos, casi un golpe de diferencia si dividimos la cantidad por el número de rounds. Entre los demás votantes, también ganó Maidana, por 9 a 1 o sea que solamente 10 tuvieron tarjeta a tener en cuenta (en nuestro caso, recordar que asistimos como periodistas, no como jurados reconocidos).

Fuimos a los vestuarios. “Creo que fue linda pelea. Esta noche voy a hablar con él, porque compartimos la misma pieza en el CeNARD y somos muy amigos, lo quiero mucho y esto es solamente una pelea más”, nos dijo Maidana. Pasamos adonde estaba Matthysse. Estaba él y su llanto. Y conmovidos por esas lágrimas de hombre, le dimos la mano en silencio, con un “Buena suerte, hay mucho por delante” y nos fuimos.

Luego vino el doctor Hugo Rodríguez Papini y habló con ambos, felicitándolos por la excelente pelea que habían realizado. Me fui esa tarde noche de la Federación, vacía de aplausos y ovaciones. Me fui en medio de la lucha entre una lágrima rebelde por el perdedor y la alegría que haber sido espectador de un combate entre dos peleadores jóvenes, llenos de futuro y que, a pesar de ser amigos, lucharon sin malicia y se abrazaron sin rencores. Que así es, después de todo, la esencia misma del boxeo.