Mourinho y la sombra de sus actos

16:03 ET
FECHA
12/02
2013
por Rafa Ramos
Jose MourinhoCristina Quicler/AFP/Getty ImagesJosé Mourinho se quedó sin Guardiola y ahora arremete contra los suyos.
LOS ÁNGELES -- Es un piromaniático. Enciende Infierno e incendia edenes. Es un triunfador. Como todo prócer, tiene fracasos que redime en victorias. Como todo truhán, tiene victorias que denigra en fracasos.

José Mourinho no vive en calma. Es la encarnación perfecta del que siembra vientos y cosecha tormentas que luego transforma en huracanes, y arrolla como devastador tsunami.

Porto, Chelsea, Inter y alguna facción madridista le colocan en un nicho especial. Su foto es parte del decorado de la Sala de Trofeos. Su rostro es una deidad.

Al irse Pep Guardiola del Barcelona, su ociosidad se ocupa de pelearse con los de casa. Su afán siniestro no reposa, se nutre de cenizas. Y si urge alimentarse de almas ajenas de su propio limbo, ejerce el canibalismo.

Por ello, en la voracidad propia, Mourinho ha idiotizado a sus gladiadores. A todos. Se ha ensañado, sin duda, con Iker Casillas, el referente de moda en el Real Madrid, porque la sangre noble de la Casa Blanca bulle pura y prístina por sus circuitos. E Iker mastica pero no traga. Una lesión lo ha sacado del tiro al blanco de la mordacidad de Mourinho.

Cierto: los procederes torvos del portugués mancillan la estela albina, noble, de linaje, que la historia consigna en el Real Madrid. Sus alas no se manchaban de los borbotones del pantano. Hoy Mourinho la revuelca en el fango, para fortalecerla.

Ojo: Mou no percibe ser un enemigo del madridismo. Su pacto, que no su contrato, lo legitimiza claramente: debía derribar al Gulliver que hacía ver de manera ya obscena a los Merengues como impedidos liliputienses. Y ha hecho tropezar al Barça, no tanto como quisiera, pero más de lo que parecía que pudiera.

A su modo, misión cumplida. Maquiavelo no habría escrito El Príncipe como un prodigio de su talento torvo, sino como una biografía admirativa de vivir hoy en los tiempos de Mourinho. Más allá del fin justifica los medios, Mourinho ha evolucionado a que el fin justifica los medios y los miedos.

Ya rompió parcial y brevemente, la hegemonía del Barsa en el universo español. Ya empezó a desafiar con guante blanco, rindiendo pleitesía tendenciosa y zalamera e inquietante incluso a Sir Alex Ferguson, de cara al duelo de este miércoles ante el MUFC.

La arpía versátil que amamanta las neuronas de Mourinho empieza a desplegar todas las estrategias para ganar la Champions. Y las almas de todas las víctimas que ello represente cabrán perfectamente en la oquedad de la Orejona. Mausoleo de unos, pebetero de otros y glorificación de los vivos.

Sus métodos tendrán roja de histeria a la historia del madridismo. La ortodoxia merengue verá un vándalo con modales de lacayo que abochorna a la realeza del futbol. Pero a Mourinho le pidieron resultados. Y él cumple.

Ante Manchester United se presenta tal vez una referencia absurda, bizarra, contrastante, engañosa, tramposa y desconcertante: llega como el tercer mejor equipo de España y escoltado por las advenedizas plañideras, porque el pura sangre catalán está a años luz.

Sin embargo, hay un hecho irrefutable que puede sonar contradictorio, aunque prueba de su evolución: ese mismo equipo que es un polizonte en la caravana de la victoria en la Liga de España, hoy presenta la mejor versión de CR7 con el Real Madrid. Y lo mismo puede decirse de los azotados Benzema, Higuaín, Modric, Ozil y Kaká, mientras que Khedira y Di María, se han fortalecido de sus zafarranchos íntimos con el entrenador.

El acto del flagelo, que Mou ejerce con soberbia a latigazos verbales o bofetadas de indiferencia, dejó heridas, que han cauterizado, y han hecho más fuerte al Real Madrid, queda claro, no para cazar al Barcelona, sino para poseer la Champions.

"El destino no es dueño de mis actos. El destino es trofeo de mis aciertos y universidad de mis errores. El destino es el cementerio de los que claudican", dijo Nelson Mandela.

Mourinho piensa igual: el destino es la sombra de sus actos y no son sus actos una sombra de su destino.