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Nación ESPN: ¿Quién es el favorito, Gigantes o Royals?
Si me preguntaran quién quisiera que ganara la Serie Mundial, diría que los Reales de Kansas City.

Los discípulos de Ned Yost han encantado con su juego alegre, veloz, su resistencia a prueba de balas, su negativa a morir en juegos que parecían perdidos, sus relevistas intransitables.

Ahora, si me preguntan quién creo que debe ganar la Serie Mundial, diría que los Gigantes de San Francisco.

La experiencia puede ser una palabra que sirva para justificar esa afirmación.

Casi la totalidad de los titulares, lanzadores abridores y relevistas de los Gigantes ya han estado en esta escenario al menos una vez anterior y saben cómo manejar los nervios en la máxima instancia de las Grandes Ligas, mientras que por los Reales, el único que ha estado en un clásico de otoño es James Shields.

De los jugadores de posición que saldrán al terreno, únicamente el segunda base Joe Panik no ha estado en una Serie Mundial.

Buster Posey y Pablo Sandoval estuvieron en los equipos campeones del 2010 y 2012, al igual que el zurdo Madison Bumgarner, el encargado de iniciar el primer partido el martes próximo, y los relevistas Santiago Casilla, Tim Lincecum, Jeremy Affeldt y Sergio Romo.

Hunter Pence, Gregor Blanco, Travis Ishikawa, Brandon Belt y Brandon Crawford formaron parte de la novena que se tituló hace dos años, donde Ryan Vogelson era uno de sus pitchers abridores y Javier López ya estaba como apagafuegos.

Por cierto que López ya sumaba un anillo de campeón cuando integró a los Medias Rojas de Boston en el 2007 y también con ese equipo, pero en el 2013, se coronó Jake Peavy, ahora abridor de San Francisco.

Curiosamente, un veterano como Tim Hudson, con 39 años de edad y 16 temporadas en las Mayores, nunca había pasado más allá de las series divisionales, tanto con los Atléticos de Oakland, como con los Bravos de Atlanta, sus dos equipos anteriores.

Cohesión podría usarse también y aquí el mérito es para el gerente general Brian Sabean. En estos tiempos que corren, en que lo menos importante es el amor a la camiseta y los peloteros cambian de equipo varias veces en su carrera, los Gigantes han logrado conservar un núcleo intacto.

Nadie sabe qué pasará después de la Serie Mundial, cuando algunos sean elegibles para arbitraje o la agencia libre, pero al menos hasta ahora, los Gigantes tienen más de diez jugadores que llevan juntos al menos cuatro años y ocho de ellos que han pasado toda su carrera con el uniforme de San Francisco.

Tantos años juntos han servido para engrasar una maquinaria que no por gusto ha llegado al clásico de otoño tres veces en los últimos años.

Y ni hablar de dirección. Sin negar que Ned Yost ha manejado con gran acierto sus piezas, principalmente a su extraordinario cuerpo de relevo, Bruce Bochy es quizás el mejor manager de todo el béisbol en la actualidad, tal vez sólo comparable a Terry Francona. Los resultados de su trabajo hablan por sí solos.

Todas estas razones son de cierto modo intangibles, difíciles de medir en estadísticas. Pero la historia y la experiencia corren a favor de los Gigantes.

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La espera de 29 años terminó. Con una postemporada hasta ahora perfecta, los Reales de Kansas City regresan a la Serie Mundial por primera vez desde 1985.

¿Qué le importa a los pocos, pero leales fanáticos de los Reales que los ratings de televisión se vayan al suelo? Ellos gozan con lo que otros sufren gracias a un equipo capaz de enamorar a quienes gustan del béisbol en su estado más puro.

Royals Pile
Dilip Vishwanat/Getty ImagesPara los Reales es su primer boleto al Clásico de Otoño desde 1985 y el tercero en su historia.
Ned Yost, criticado en el juego de comodines ante los Atléticos de Oakland por su desacertado manejo del pitcheo de relevo, ha estado magistral desde entonces, con un trío de relevistas que le cortan el aliento a cualquier ofensiva rival.

Con el dominicano Kelvin Herrera, Wade Davis y el cerrador Greg Holland en fila, los abridores sólo tienen que preocuparse por echar el resto cinco o seis innings. Del resto se encarga el cerrojo perfecto.

Cuando un equipo juega como lo está haciendo Kansas City, es punto menos que imposible ganarle. Demasiado alto el nivel de inspiración, el hambre de sus peloteros, capaces de devorar pelotas que parecen incapturables, ya sea Lorenzo Cain o Alex Gordon en los jardines, ya Mike Moustakas en la antesala.

El Kauffman Stadium atrajo un promedio de 24,154 personas en temporada regular (vigésimoquinto lugar entre las 30 franquicias), pero no da abasto en estos días para contener el entusiasmo de unos fanáticos que hasta hace poco apenas se preocupaba por el desempeño de una franquicia habitualmente perdedora.

Y es que Missouri tiene en los Cardenales de San Luis a su equipo insignia, el que arrastra la mayor cantidad de seguidores, gracias a sus 11 coronas en Series Mundiales y a un historial mucho más rico.

Por eso promediaron 43,711 personas por juego, la segunda cifra más alta de todas las Grandes Ligas, sólo superada por los Dodgers de Los Angeles.

Pero los fanáticos de los Reales ya tienen su merecida fiesta y ahora esperan por su rival, que bien pudieran ser sus vecinos Cardenales o los incansables Gigantes de San Francisco, que disputan el banderín de la Liga Nacional.

¿Será capaz Ned Yost de mantener el espíritu en alto si el descanso se prolonga demasiado hasta que se defina la Serie de Campeonato del viejo circuito?

Ya le pasó en el 2007 a los Rockies de Colorado Rockies, que barrieron 4-0 a los Diamondbacks de Arizona y la larga espera los enfrió para ser vapuleados en la Serie Mundial por los Medias Rojas de Boston, que tuvieron que batallar siete partidos para vencer a los Indios de Cleveland.

También le ocurrió en el 2006 y 2012 a los Tigres de Detroit, que limpiaron a los Atléticos y a los Yankees de Nueva York, respectivamente, para desinflarse ante los Cardenales y los Gigantes.

Ya veremos si se repite la historia o se rompe el ciclo. Por lo pronto, quienes disfrutamos del buen béisbol levantemos la copa por los nuevos campeones de la Liga Americana.

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Clayton Kershaw es el mejor pitcher de todo el béisbol... entre abril y septiembre.

Tras el triunfo de los Cardenales sobre los Dodgers el lunes, para poner la Serie Divisional 2-1, deja la escena lista para ver de qué está hecho realmente el zurdo de Los Ángeles.

Casi seguro ganador de su tercer premio Cy Young en cuatro años y fuerte candidato al galardón de Jugador Más Valioso de la Liga Nacional, Kershaw ha sido punto menos que un lanzador de prácticas en postemporadas.

Porque lo del primer juego de esta serie, en que fue castigado con ocho limpias en seis innings y dos tercios, después de tener ventaja de 6-1, no es nada nuevo.

En siete juegos lanzados a lo largo de seis diferentes series de playoffs, el zurdo acumula balance negativo de un triunfo y cuatro derrotas, con efectividad de 5.20, más del doble de su promedio de 2.48 a lo largo de siete campañas regulares.

Su desproporcionada labor entre temporadas y playoffs recuerda a otro astro de los Dodgers precisamente, el derecho Don Newcombe, quien brilló con el equipo azul cuando eran de Brooklyn.

Clayton Kershaw
Richard Mackson/USA TODAY SportsClayton Kershaw será quien salga a la loma por los Dodgers en el Busch Stadium en el Juego 4 de la Serie Divisional de la Liga Nacional.

Newcombe, Novato del Año en 1949, MVP y Cy Young de 1956, un hombre que dejó marca de 149-90 en diez campañas, que fue capaz de perder dos temporadas por cumplir el servicio militar en la Guerra de Corea, nunca pudo ganar el bueno.

En tres apariciones en Series Mundiales, todas ante los Yankees, el derecho de los Dodgers se ganó merecidamente fama de pecho frío, cardíaco, cobarde o como quieran llamarle, al sufrir cuatro derrotas sin triunfos y efectividad de 8.59.

Entonces, ¿es Kershaw el Newcombe de hoy? De todos modos, la gran mayoría, sino la totalidad de los managers, apelaría al estelar zurdo cuando para la novena angelina, una derrota más significa irse de vacaciones ahsta el 2015.

Aún antes del triunfo de los Cardenales, el estratega de los Dodgers, Don Mattingly, anunció a Kershaw para el cuarto partido, en que trabajaría con sólo tres días de descanso.

La apuesta de Mattingly es que en algún momento se rompa esa racha negativa y su estrella se comporte a la altura de lo que se espera de alguien que no por gusto cobrará a partir del 2015 más de 30 millones de dólares por temporada.

Cuidado, Donnie, que Newcombe nunca logró quebrar su maleficio, aunque en el caso del diestro, hay que reconocer que la postemporada daba menos oportunidades de reivindicarse, pues sólo se componía del clásico de octubre.

Con menos presión, el mentor de San Luis, Mike Matheny, decidió darle la pelota al joven Shelby Miller (10-9, 3.74 en la campaña regular), quien estará haciendo su debut en esta postemporada.

Por cierto que Miller, en sus escasas apariciones en playoffs de años anteriores, no ha sido nada efectivo tampoco. En tres salidas, todas como relevista, ha trabajado 4.1 capítulos, con cinco hits, tres limpias y efectividad de 6.23.

Así que esta será su primera apertura, aunque toda la exigencia y la presión estarán en la trinchera contraria, sobre los hombros del que hasta ahora ha sido el mejor lanzador de todas las Grandes Ligas en lo que va de década...en temporadas regulares.

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Efímeras y sorprendentes resultaron las series divisionales de la Liga Americana, ambas concluidas por barridas de los Orioles de Baltimore sobre los Tigres de Detroit y de los Reales de Kansas City a costa de los Angelinos de Los Ángeles.

Nadie se esperaba esto, sobre todo en la porfía entre Reales y Angelinos, teniendo en cuenta que Mike Trout, Albert Pujols y compañía ganaron más juegos que nadie en el joven circuito durante la campaña regular y Kansas City, en su condición de comodín, se suponía era el más débil de los cuatro equipos participantes en esta primera ronda.

Pero cuando llega octubre, un equipo inspirado resulta más peligroso que uno plagado de nombres ilustres y eso fue lo que pasó en esta ocasión.

El cubanoamericano Eric Hosmer estuvo inmenso, crecido a la hora clave, al igual que Alex Gordon o Mike Moustakas, con batazos cruciales en una serie que necesitó de extrainnings para definir sus dos primeros encuentros, mientras que Lorenzo Cain dio recital de grandes fildeos en la pradera central.

Mención aparte al manager Ned Yost, quien manejó el pitcheo de manera acertadísima e hizo los cambios en los momentos más oportunos.

Y no sólo en el caso de los lanzadores. Jarrod Dyson salió a asegurar la defensa en el jardín central en el octavo episodio del segundo partido y su disparo a tercera para enfriar a Collin Cowgill fue fundamental para completar una doble matanza que mantuvo el partido igualado.

Entretanto, los Angelinos se desplomaron ofensivamente. Uno de los atractivos de esta serie era ver a Mike Trout, casi seguro ganador del premio de Jugador Más Valioso de la campaña, en su primera aparición en postemporada.

Pero Trout no parece preparado aún para estos momentos y al decir de un colega, pareció más A-Rod que Derek Jeter, al irse de 12-1 (.083) y cerrar dos de los partidos con ponches ante Derek Holland.

Y ni hablar de Josh Hamilton. Impresentable, en blanco en 13 turnos.

Igualmente sorprendente resultó la barrida de Baltimore sobre Detroit, equipo que una vez más se queda corto en el camino.

En primer lugar porque los Orioles entraron a la postemporada con tres bajas fundamentales en su engranaje: el antesalista dominicano Manny Machado y el cátcher Matt Wietters por lesiones y el primera base Chris Davis suspendido por uso de sustancias prohibidas.

En segundo lugar porque tendrían que enfrentar a la rotación más poderosa de todo el béisbol, compuesta por los ganadores del premio Cy Young de la Liga Americana en los últimos tres años: Max Scherzer (2013), Justin Verlander (2011) y David Price (2012).

A Scherzer lo sacudieron con cinco limpias en 7.1 innings y a Verlander le fabricaron tres en cinco episodios, para luego emboscar a los ineficaces relevistas Joba Chamberlain y Joakim Soria.

Price trabajó en gran forma, pero no pudo evitar un decisivo jonrón decisivo de dos carreras del dominicano Nelson Cruz, gran competidor que se echó sobre sus hombros el peso ofensivo del equipo ante las ausencias antes mencionadas.

El viernes arranca la Serie de Campeonato de la Liga Americana entre dos equipos inspirados, hambrientos de una gloria que no saborean desde 1983 los Orioles y desde 1985 los Reales.

¿Quién dijo que una postemporada sin los Yankees o los Medias Rojas no tenía emociones? ¡Qué viva el béisbol!

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Fueron demasiados los 29 años de espera para que los Reales de Kansas City dejaran escapar en un solo juego el privilegio de jugar en postemporada.

En un juego de esos que engrandecen el béisbol, los Reales nunca se dieron por vencidos y vinieron tres veces de atrás para derrotar 9-8 a los Atléticos de Oakland en 12 innings.

Fue un duelo en que ambos managers, Ned Yost, por Kansas City, y Bob Melvin, por Oakland, apostaron a ver quién tomaba las decisiones más absurdas, a ver quién dirigía peor un partido sin mañana para el perdedor.

Yost, a pesar de sus disparatadas órdenes de robos de base con cuatro carreras de desventaja en el octavo inning, las cosas le salieron bien, no precisamente porque hubiera tenido destellos de genialidad, sino porque Derek Norris pasará a la historia como uno de los catchers más mediocres que haya visto este deporte.

No en vano le han robado 129 bases en 165 intentos. Corrección: seis más en esta noche suman 135. Y por ahí se le fue el juego a los Atléticos.

Lo que pasa que en la euforia del triunfo se borran los errores, como el apuro de sacar a su abridor James Shields en el sexto, cuando ni siquiera había completado 90 lanzamientos y se había recuperado de un primer inning tambaleante.

Oakalnd amenazaba con dos hombres en bases sin outs, pero el remedio fue peor que la enfermedad: trajo de relevo al jovencito dominicano Yordano Ventura, demasiado verde para la situación, en la que se olvidó de lanzar y se dedicó a tirar pedrada tras pedrada, duras, pero lisas, fácilmente bateables.

La otra cara de la moneda fue Melvin, quien dejó demasiado a su abridor Jon Lester, el hombre que el gerente general Billy Beane trajo a cambio de su cuarto bate Yoenis Céspedes con la esperanza de que fuera el gran salvador de un equipo que año tras año se queda corto en la postemporada.

Luego de siete muy buenas entradas, los Reales le fueron arriba en un octavo que ya no debió abrir y al final terminó permitiendo seis limpias en 7.1 episodios.

Pero donde Melvin le puso la tapa al pomo fue en el final del duodécimo, tras recuperar la ventaja en la parte alta gracias a cañonazo productor del venezolano Alberto Callaspo.

Luego que los Reales lograron empatar nuevamente por triple del cubanoamericano Eric Hosmer e infield hit del boricua Christian Colón.

El puertorriqueño se robó entonces la intermedia, poniendo la potencial carrera de la victoria en posición anotadora.

Contra toda lógica y con la primera base desocupada, Melvin ordenó lanzarle al venezolano Salvador Pérez, un hombre que llevaba de 5-0 y que por ley de probabilidades, teniendo en cuenta su calidad como bateador, estaba al dar el batazo.

Lo demás es historia. Los Reales ya se aprestan a viajar a Anaheim para comenzar la serie divisional ante los Angelinos, mientras los Atléticos, una vez más, se despiden temprano, como prueba de que el llamado Moneyball de Billy Beane no da para mucho más que llegar a duras penas a los playoffs.

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La última fecha del calendario regular dejó muchas cosas interesantes que pasaron quizás por debajo del telón cuando casi todo el mundo miraba hacia Fenway Park, donde Derek Jeter jugaba el partido final de su carrera.

A 982 millas de Boston, en el U.S. Cellular Field de Chicago, decía adiós después de 18 campañas otro de esos peloteros ejemplares que sólo salen de tarde en tarde.

Paul Konerko se despedía del béisbol tras una brillante carrera en la que disparó 2,340 hits, 439 de ellos jonrones, remolcó 1,412 carreras, participó en seis Juegos de Estrellas y ganó una Serie Mundial.

Tras pasar sus dos primeras temporadas entre los Dodgers y Cincinnati, donde apenas tuvo tiempo de juego, llegó en 1999 a los Medias Blancas y se estableció como su primera base titular y capitán, un líder tranquilo, pausado, admirado y respetado.

Entretanto, en la capital de la Unión Americana, una espectacular atrapada del novato Steven Souza en el jardín izquierdo preservó el juego sin hits ni carreras que Jordan Zimmermann lanzó ante los Marlins de Miami para cerrar con broche de oro la campaña e insuflar una energía especial a un equipo que se apresta a tratar de ganarlo todo en la postemporada.

Fue la quinta ocasión en la historia en que se lanza un choque sin hits ni carreras para concluir el calendario y segunda consecutiva.

Lo curioso es que el pasado año, los Marlins vencieron a los Tigres de Detroit con no hit no run del venezolano Henderson Álvarez, casualmente el pitcher abridor por Miami en el último choque de este 2014.

Y hablando de venezolanos, por quinto año consecutivo, un hijo de esa tierra se coronó campeón de bateo.

En el 2010 lo hizo Carlos González en la Liga Nacional y entre el 2011 y 2013 Miguel Cabrera fue dueño y señor de la corona en la Americana.

Esta vez fue el pequeño gigante del madero, José Altuve, quien estuvo amenazado por su compatriota Víctor Martínez hasta el último día.

Altuve llegó a la jornada final con average de 340, mientras que Martínez estaba tres rayas por debajo.

El manager de los Astros barajó la posibilidad de no poner a jugar a su estrella para preservar la corona, pero el venezolano, en un acto de clase, optó por salir al terreno a arriesgarlo todo.

Su muestra de grandeza y respeto a los fanáticos tuvo su premio: bateó de 4-2 y elevó su average aún más, hasta .341, inalcanzable para Víctor Martínez, en blanco en tres turnos, para descender hasta .335.

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Se acabó una de las carreras deportivas más brillantes de la historia.

Derek Jeter jugó su último partido y se despidió con un hit, el número 3,465, que sirvió para impulsar su carrera 1,311.

Fue un roletazo que dio un bote demasiado alto hacia tercera base y que el antesalista Garin Cecchini intentó capturar a mano limpia, quizás como única opción de conseguir un out. Jeter llegó quieto a la inicial y el japonés Ichiro Suzuki, quien se encontraba como corredor en tercera, anotó cómodamente la que significó en ese momento la tercera carrera de los Yankees de Nueva York.

El manager Joe Girardi entonces lo sustituyó por Brian McCann como corredor, mientras el Fenway Park en pleno ovacionaba al rival que por 20 años fue una pesadilla para los Medias Rojas de Boston, pero que siempre compitió con limpieza y respeto por el enemigo.

En su primer turno al bate, el Capitán de los Yankees había fallado en una línea fortísima, sólida, a las manos del campocorto Jemile Weeks.

Los Yankees ganaron 9-5 con gran labor del dominicano Michael Pineda, decidido a darlo todo para despedir al Capitán con una victoria.

Antes del partido, leyendas del deporte de Boston, encabezadas por Carl Yastrzemski, llegaron al centenario terreno a honrar a Jeter, mientras que por los altavoces del Fenway Park se escuchaba la canción "Respect", de Aretha Franklin.

Fue una ceremonia sencilla, pero intensa, con el público coreando el nombre: ¡Derek-Jeter!, mientras el doctor Charles Jeter, con una fría mirada, trataba de esconder sus emociones desde las gradas, mientras su esposa Dorothy se enjugaba las lágrimas al ver el homenaje del que era objeto su hijo.

Lindo final para la carrera de aquel muchachito que en la secundaria de Kalamazoo, en el estado de Michigan, soñaba con ser el campocorto de los Yankees.

Ahora sólo le queda esperar a que pasen los cinco años requeridos para que Cooperstown se rinda a sus pies cuando ingrese, quién sabe si de manera unánime, en el Salón de la Fama.

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Parecía un libreto salido de la imaginación de un guionista de Hollywood: en su último turno al bate del partido final de su carrera en el Yankee Stadium, Derek Jeter disparó imparable en la parte baja del noveno episodio que empujó la carrera de la victoria 6-5 sobre los Orioles de Baltimore Orioles.

Las cosas comenzaron mal para los Yankees de Nueva York, cuando los dos primeros bateadores del juego, Nick Markakis y Alejandro De Aza, le botaron la pelota al japonés Hiroki Kuroda, abridor por Nueva York.

Pero en el cierre de ese mismo capítulo, el Capitán se encargó de poner orden en la casa, con un doblete contra las cercas del jardín izquierdo que impulsó a Brett Gardner con la primera de los Yankees y luego aprovechó un error del segunda base Kelly Johnson para anotar el empate.

En el segundo volvió Jeter a la caja de bateo y falló en rodado al campocorto, al tiempo que abanicó en el quinto ante los envñios del abridor Kevin Gausman.

En el séptimo, con la pizarra 2-2, llegó a consumir con las bases llenas y puso delante a los Yankees con complicada rola al campocorto sobre la cual cometió error J.J. Hardy al tratar de buscar el out forzado por la intermedia.

En la jugada anotaron Ichiro Suzuki y el venezolano José Pirela, mientras que Brian McCann con elevado de sacrificio remolcó a Gardner y completó el racimo de tres que le dio ventaja de 5-2 a Nueva York.

Pero los Orioles reaccionaron en el principio del noveno ante el cerrador David Robertson con jonrones de Adam Jones, con uno a bordo, y de Steve Pearce, en solitario, para igualar las acciones.

Pirela abrió la parte baja con sencillo al izquierdo y Gardner lo puso en segunda con toque de sacrificio.

"Now batting for the Yankees, the shortstop, number 2, Derek Jeter. Number 2".

La Voz de Dios se escuchó entonces por última vez. La grabación de Bob Sheppard anunciando al Capitán desató una ovación ensordecedora.

Al primer lanzamiento del relevista Evan Meek, Jeter disparó cañonazo entre primera y segunda. Pirela dobló por tercera como una exhalación y se deslizó en el plato antes de que llegara el tiro de Markakis desde el jardín derecho. ¡Ganaron los Yankees 6-5!

Sus compañeros festejaban con él en medio del diamante, mientras que llegaban al terreno a rendirle homenaje leyendas del pasado reciente de los Yankees, como Joe Torre, Mariano Rivera, Bernie Williams, Jorge Posada y Andy Pettitte, miembros de una generación dorada que muere con el retiro de Jeter. Entre tanto, los aplausos no cesaban desde el graderío, donde por doquier se veían carteles de agradecimiento y despedida para el Gran Capitán.

"Agradezco a Dios haber hecho a Derek Jeter un Yankee", decía uno que parafraseaba la famosa sentencia de Joe DiMaggio.

"Las leyendas nunca mueren" y "Gracias, Capitán" se leían también. Pero quizás el mejor y más original de todos fue uno que rezaba: "Mi abuelo me contaba historias sobre Babe Ruth; yo le contaré a mis nietos historias sobre Derek Jeter".

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Las escasísimas probabilidades que aún le quedaban a los Yankees de Nueva York se esfumaron totalmente el miércoles, en el penúltimo partido del Capitán Derek Jeter ante la afición neoyorquina.

Con un racimo de seis carreras en el cuarto episodio, los Orioles de Baltimore le dieron vuelta a un marcador que marchaba 3-0 hasta ese momento favorable a los anfitriones y terminaron ganando el juego con pizarra de 9-5.

Poco o nada pudo hacer Jeter para evitar la eliminación de los Mulos, que por segundo año consecutivo y tercera ocasión en su carrera quedan fuera de la postemporada.

En el primer inning falló en rola al campocorto Ryan Flaherty, quien le puso out en la inicial.

En el tercer capítulo abanicó ante los envíos del abridor Bud Norris y en el quinto volvió a batear a las manos de Flaherty.

En su cuarto y último turno, en el octavo, murió sin asistencia en rodado a la inicial, mientras se quedó en el círculo de espera en el noveno, cuando Brett Gardner se ponchó para el out final del encuentro.

A la defensa jugó impecable, con seis lances en total, cuatro asistencias y dos outs, al tiempo que intervino en una jugada de doble matanza.

Con los Yankees ya eliminados, el Capitán jugará el jueves su último partido en el estadio inaugurado en el 2009 y que muchos han dado en llamar "La Casa que Jeter Construyó" y es de imaginar la ovación que hará retumbar los cimientos de la instalación.

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A menos que se produzca un milagro y los Yankees hagan valer sus escasas probabilidades matemáticas, Derek Jeter jugó este martes su antepenúltimo juego en Nueva York.

Fue el segundo de una serie de cuatro partidos entre los Yankees y los flamantes campeones de la División Este de la Liga Americana, los Orioles de Baltimore.

Las cámaras seguían cada movimiento del Capitán, cada turno al bate, cada jugada en el campocorto, cada gesto en el dugout.

En su primera comparecencia al plato, en el inning de apertura, Jeter elevó al jardín derecho y en el tercero bateó a las manos del jardinero central para el último out del inning.

En el quinto volvió a la caja de bateo y se dejó cantar el tercero después de dos outs para acabar un episodio que Ichiro Suzuki abrió con doblete y quedó estancado en la intermedia.

En el séptimo, también con dos outs, Jeter se anotó hit por tercera y anotó impulsado por jonrón de Brian McCann, con lo que extendió a siete su racha de partidos consecutivos con al menos un imparable.

Para el Capitán fue el hit número 3,461 de su carrera, para afianzarse en el sexto lugar de la lista de todos los tiempos.

Y en el final del noveno, con la pizarra 5-4 favorable a los Orioles, Jeter vino a batear con el empate en primera, dos outs y la posibilidad del triunfo en sus muñecas.

Pero las esperanzas de los fanáticos en el Yankee Stadium que esperaban una vez más el batazo salvador de su ídolo se esfumaron con la velocidad de las rectas del cerrador de Baltimore, Zach Britton, que lo ponchó abanicando.

Ahora sólo quedan los juegos de miércoles y viernes en el Yankee Stadium y la última subserie de la temporada en Fenway Park ante los archirrivales Medias Rojas de Boston.

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Masahiro TanakaAP Photo/Chris O'MearaTanaka lanzó por última vez el 8 de julio, cuando comenzó a sufrir dolores en el codo derecho.
Masahiro Tanaka evitó la operación Tommy John y parece estar recuperado, por lo que el manager de los Yankees de Nueva York, Joe Girardi, lo anunció para abrir el próximo domingo ante los Toronto Blue Jays.

Sin embargo, dadas las escasísimas probabilidades que tienen los Yankees de avanzar a la postemporada, salta la pregunta de si debe el equipo arriesgar por nada una inversión de 155 millones de dólares.

Tanaka, novato estrella llegado desde Japón, lanzó por última vez el 8 de julio, cuando comenzó a sufrir dolores en el codo derecho.

El serpentinero se sometió desde entonces a un proceso de rehabilitación por más de dos meses para evitar el paso por el quirófano, que no estuvo exento de retrocesos y traspiés.

El plan era tratar de regresar a finales de la campaña para ayudar a los Yankees en el último empujón por llegar a los playoffs, algo que ahora mismo parece misión imposible.

El japonés, con marca de 12-4 y efectividad de 2.51 en 18 aperturas, fue la cuarta baja sufrida por la rotación inicial de los Yankees, que perdieron el abril a los dominicanos Iván Nova y Michael Pineda, aunque este último regresó en agosto, así como al zurdo C.C. Sabathia en mayo.

Sólo el también nipón Hiroki Kuroda se ha mantenido saludable a lo largo de la campaña, lo cual obligó a la gerencia a buscar respuestas inesperadas en Shane Greene, Chase Whitley o Brandon McCarthy, adquirido de los Diamondbacks de Arizona.

Con el viento en contra, el equipo se mantuvo a flote a duras penas para sorpresa de los entendidos, pero al final las lesiones del cuerpo de pitcheo y de varios jugadores claves de posición dieron al traste con las aspiraciones de entrar a la postemporada.

Matemáticamente están vivos, pero con 13 partidos por jugarse y cuatro equipos por delante en la carrera por los comodines, cualquier intento parece ser en vano.

Seamos realistas. ¿Qué puede aportar Tanaka ahora? ¿Una, dos victorias? ¿Tres a lo sumo? Demasiado poco en comparación con el riesgo de un retroceso que a la larga lo lleve hasta el salón de operaciones.

Entonces, ahí sí que no volveríamos a oír de él por lo menos hasta el 2016.

Sería preferible que descansara hasta la próxima temporada y que usara todo este tiempo para fortalecer el brazo, lo cual le permitiría regresar como el gran lanzador por el cual los Yankees apostaron 155 millones de dólares.

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