Algo se está cocinando entre La Habana y Washington y tiene que ver con el béisbol.

Así como el presidente Richard Nixon aplicó la llamada diplomacia del ping pong para establecer lazos entre Estados Unidos y China en los años 70, esta vez la pelota blanca con costuras rojas podría ser el vehículo para hacer más cortas las 90 millas que separan a Cuba de su vecino del norte.

Antonio, el hijo de Fidel Castro, es quien mueve los hilos de los cambios que se han producido en los últimos tiempos en el béisbol de la isla y anda en estos días por aquí, negociando algún tipo de entendimiento con las Grandes Ligas, tal como reportan varios sitios especializados en temas deportivos cubanos.

Olvídense de Higinio Vélez o Víctor Mesa. Esos son marionetas del verdadero poder. Antonio Castro es el tipo.

La reciente eliminación del amateurismo viene a rectificar de alguna forma el disparate cometido por su padre hace más de medio siglo, cuando de un plumazo borró la entonces poderosa liga profesional cubana y convirtió a los peloteros en instrumentos de propaganda política.

Pero los estímulos salariales aprobados para los nuevos profesionales son ridículamente insignificantes y no han logrado detener la fuga de talentos -- ojo, fuga y no robo de talentos, como dicen en La Habana -- hacia las Grandes Ligas, donde el dinero se cuenta en siete u ocho dígitos.

Con tal de alcanzar sus sueños, los muchachos prefieren arriesgar sus vidas en peligrosas travesías o complicadas operaciones de tráfico humano que le han traído problemas a más de uno, en truculentas historias aderezadas con delaciones y hasta penas de cárcel para varios involucrados.

Pero los millones no están en Japón, en México u otras ligas a donde han ido a jugar, autorizados por el gobierno, algunos peloteros.

Y Tony Castro se da cuenta de la gran tajada que se está perdiendo al no poder controlar a los peloteros que se van a las Grandes Ligas de Estados Unidos, convertidos en una suerte de esclavos cimarrones que huyen para decidir por sí mismos su propia vida.

Lo que las autoridades cubanas quieren es que el Estado sea el agente único y omnipotente de todos los jugadores que nacen en la isla, sobre todo de aquellos que vengan a las Mayores, donde los ingresos son infinitamente superiores a cualquier otra liga.

Claro que está el tema del embargo, más simbólico y nominal que real, convertido en un muro cada vez más lleno de grietas legales, pero que aún actúa como dique de contención en algunos aspectos de la relación bilateral.

Pero por esos resquicios sigue filtrándose el agua y llama la atención que varias de las últimas salidas de peloteros se hayan hecho sin ningún obstáculo, de manera legal y con la anuencia del gobierno que todo lo controla.

Yoan Moncada, campocorto del equipo Cienfuegos, Pavel Quesada, antesalista del mismo equipo, e Irait Chirino, jardinero de Industriales, solicitaron la baja de sus respectivos equipos, consiguieron visas para otros países y se fueron por el aeropuerto, con la mayor normalidad del mundo. O mejor dicho, como debía haber sido siempre.

Moncada, un joven de 19 años, seis pies y dos pulgadas de estatura y 200 libras de peso, que batea a ambas manos y puede defender además del campocorto, la intermedia y la tercera base, podría desde ya estar en la mira de los Mets de Nueva York.

El equipo lleva años en reconstrucción y no tendría que desembolsar mucho dinero por el cubano, pues al ser menor de 23 años y haber jugado sólo dos campañas en la isla, no podría recibir más de 3.9 millones.
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Boston firma a Rusney Castillo
¿Será Rusney Castillo el próximo Yasiel Puig? Al menos eso parecen creer los Medias Rojas de Boston, que lograron firmar al jugador cubano por siete temporadas y alrededor de 72 millones de dólares, según fuentes de ESPNBoston.com.

Además el acuerdo lo reportó en su sitio Glorias del Béisbol Cubano el colega William Pérez Villalba, cercano a las negociaciones.

De confirmarse el pacto, marcaría un nuevo récord para un pelotero llegado de la isla, pues superaría en cuatro millones la cantidad por la que los Medias Blancas de Chicago firmaron en el invierno pasado a Jose Dariel Abreu.

En Boston, Castillo se uniría en los jardines a su compatriota Yoenis Céspedes, recién canjeado de los Atléticos de Oakland, cuya presencia en el equipo podría haber sido un factor clave, aparte del dinero, en inclinar la balanza a favor de los Medias Rojas.

Con 5,9 pies de estatura y 27 años de edad, Castillo es señalado como un jugador de cinco herramientas, defensor de la pradera central, pero con capacidad también para jugar en segunda base.

De hecho, los New York Yankees estuvieron interesados en sus servicios con el objetivo de convertirlo en su próximo intermedista, pero luego de figurar como principales candidatos para capturar al cubano, perdieron terreno en las últimas horas ante sus archirrivales Medias Rojas y los Tigres de Detroit, que también pujaron por firmarlo.

El pelotero había tenido una exhibición abierta ante cazatalentos de 28 de los 30 equipos de Grandes Ligas y luego se presentó en privado por separado frente a los buscadores de Boston, Nueva York, Detroit y los Cachorros de Chicago.

De confirmarse el pacto, Castillo ganaría 12 millones por campaña, un salario respetable, si se tiene en cuenta que Abreu y Puig han resultado verdaderas gangas, dada la relación dinero e impacto que han tenido.

El primera base de Chicago, casi seguro ganador del premio de Novato del Año de la Liga Americana, aparece como segundo de los jonroneros (32) e impulsadores (90) del joven circuito, además de décimo en average, con .303.

Todo eso sin haber pasado un día en las Ligas Menores y por un promedio de 11.33 millones anuales, muy buen dinero, pero lejos de los mejores salarios de las Mayores.

Más barato ha salido Puig, un hombre que ha estremecido los cimientos del béisbol con su juego agresivo que regala espectáculo a cada paso.

Los Dodgers de Los Angeles lo capturaron por 42 millones y siete temporadas, a un promedio de seis millones anuales, una minucia para quien se ha convertido en una atracción permanente.

Los Medias Rojas esperan que al igual que sucedió con Céspedes, Abreu y Alexei Ramírez, Castillo suba directo a Grandes Ligas, sin estancia en las Menores.
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Masahiro Tanaka and Jose FernandezUSA TODAY SportsTanaka no se ha sometido a la Tommy John, pero Fernández ya está en su proceso de rehabilitación.
Si Masahiro Tanaka consigue regresar a la lomita de los Yankees de Nueva York en esta misma temporada, la vida de alguna manera le estará dando la razón al entrenador cubano Orlando Chinea, quien intentó por todos los medios que los Marlins de Miami evitaran la operación Tommy John de su astro José Fernández.

Cuando Fernández se lesionó del codo, Chinea, el hombre que lo formó desde la escuela secundaria en Tampa, aseguró tener un plan de rehabilitación de entre ocho a 12 semanas sin necesidad de pasar por el quirófano.

Pero el equipo hizo oídos sordos y prefirió la opción de moda, que ha llevado en lo que va de temporada a más de 30 serpentineros a un largo e incierto proceso de recuperación.

Tanaka, quien al momento de dañarse el codo batallaba cabeza con cabeza con el cubano José Abreu por el Novato del Año de la Liga Americana, logró convencer a los Yankees para que le dieran un tiempo de terapia y asumir la cirugía solamente como una última opción inevitable.

El miércoles, el japonés hizo diez lanzamientos en terreno llano a 60 y medio pies, la distancia normal desde la tabla de pitcheo hasta el plato, sin sentir dolor o molestia y podría regresar a mediados del próximo mes de septiembre.

Tanaka lanzó por última vez el 8 de julio y a esta altura de la campaña, cabría preguntarse si cuando le toque regresar será conveniente que lo haga por las últimas dos semanas del calendario o valdría más la pena extender su descanso y rehabilitación hasta la próxima temporada.

Todo dependería de cuán reales sean las posibilidades de los Yankees de avanzar a los playoffs.

Pero aún cuando no vuelva a trabajar en el 2014, podría estar listo para el arranque de la contienda del 2015 y siempre sería mucho menos tiempo que los 12 a 18 meses de ausencia de Fernández y todos aquellos que tal vez se apuraron a ponerse bajo el bisturí.

Desde que el doctor Frank Jobe ideó la técnica para salvarle el brazo precisamente al zurdo Tommy John en 1974, más dos centenares de serpentineros pasaron por los salones de operaciones para reparar codos dañados.

Desde que Masaharu Mitsui se sometió a la operación en 1979 y se convirtió en el primero en hacerlo en Japón, apenas 33 lanzadores, de ellos cuatro extranjeros, han pasado por el complicado procedimiento, de larga, pero no siempre garantizada recuperación.

En 35 años sólo 33 operaciones Tommy John, a menos de una por temporada como promedio, hablan a las claras de cuán diferentes se hacen las cosas en Japón y en Estados Unidos.

Ahora recientemente cayó el también nipón Yu Darvish bajo la epidemia de lesiones de codo, pero al igual que el caso de su compatriota, parece que los Vigilantes de Texas optarán por la rehabilitación sin cirugía.

Por cierto que Fernández visitó ayer el Marlins Park, en el último juego de la serie ante los Cardenales de San Luis y aseguró que su proceso marcha de acuerdo con el cronograma establecido por médicos y entrenadores.

Pero qué distinta podría haber sido la historia si la propuesta de Chinea hubiera surtido efecto y los Marlins pudieran contar con el cubano para esta recta final, cuando el equipo, contra todos los pronósticos, se niega a tirar la toalla y todavía conserva oportunidades de jugar béisbol más allá de septiembre.

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Luego de galopar los dos primeros tercios de la campaña en la cima de la división central de la Liga Americana, los Tigres de Detroit están a las puertas de un fracaso colosal, que podría dejarlos fuera de la postemporada por primera vez desde el 2010.

Hace menos de dos semanas, los Tigres presumían de la mejor rotación de todo el béisbol, tras añadir al zurdo David Price procedente de los Rays de Tampa Bay, quien venía a unirse a Max Scherzer, Justin Verlander, Rick Porcello y el venezolano Aníbal Sánchez.

Con Price, Cy Young de la Liga Americana en el 2012, Detroit contaba con los tres últimos ganadores del premio junto a Verlander (2011) y Scherzer (2013).

Pero el recién llegado no ha podido aportar aún su primera victoria, Sánchez se fue a la lista de lesionados por 15 días y Verlander (10-11, 4.76) anda con molestias en el brazo, además estar en su peor temporada desde el 2008, cuando terminó con récord de 11-17 y efectividad de 4.84.

Además, el mexicano Joakim Soria, de quien se esperaba mucha ayuda para el bullpen, también se lesionó tras una mediocrísima pasantía de seis partidos en los que lanzó para 10.38.

Y ni hablar de Joe Nathan, quien ha desperdiciado seis rescates y lanza para 5.23, toda una vergüenza para el gremio de los cerradores.

Siete derrotas en sus últimos diez partidos, cuatro de ellas de forma consecutiva, les han hecho perder la punta divisional que ahora ocupan los Reales de Kansas City, un equipo venido de menos a más, con 16 victorias en sus últimos 20 encuentros.

Para colmo, la ofensiva también anda tambaleante, con su líder natural, el venezolano Miguel Cabrera, en el peor mes de toda la contienda.

De pronto, Cabrera, el mejor bateador que existe en el mundo, dejó de impulsar carreras y batear jonrones.

Cuando nos acercamos a la mitad de agosto, el primera base de Detroit solamente suma cuatro remolques, luego de promediar 20.25 empujadas por mes, al tiempo que su cifra de jonrones (17) va siendo la más baja desde los 12 que conectó en el 2003, el año de su debut, cuando apenas participó en 87 juegos.

Víctor Martínez es un gran bateador, pero él solo no puede echarse el peso ofensivo del equipo y necesita de más ayuda del propio Cabrera y de los veteranos Ian Kinsler y Torii Hunter, para apoyar a ese cuerpo de pitcheo en teoría poderoso, pero que ha mostrado lagunas.

Con todo el renombre de sus abridores, de 117 aperturas hasta el martes, sólo 68 habían sido salidas de calidad (58%), a diferencia de 64% de los Dodgers de Los Angeles, 69% de los Bravos de Atlanta y 61% de los Atléticos de Oakland, por citar a otros conjuntos con rotaciones de alto calibre.

Todavía queda tiempo para recuperarse, pero este slump colectivo no deja de preocupar a sus fanáticos, que ya empiezan a preguntarse si una vez les tocará alargar una espera que ya dura 30 años.
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Yasiel PuigLisa Blumenfeld/Getty ImagesYasiel Puig lanza el bate tras conectar un jonrón y las críticas no se hacen esperar.
El béisbol se está volviendo tan políticamente correcto que amenaza con matarnos de aburrimiento.

Pero como casi siempre pasa, los defensores de las llamadas reglas de ética no escritas, aplican la ley del embudo: lo ancho para mí y lo estrecho para ti.

Porque según estos moralistas que parecen haber aprendido béisbol en videojuegos, está mal que Yasiel Puig lance el bate tras conectar un jonrón o que David Ortiz recorra las bases con desafiante lentitud tras sacar la pelota del parque.

Sin embargo, de la misma manera miran hacia otro lado cuando un pitcher forma aspavientos ridículos cuando consigue un ponche clave.

En primer lugar, tanto Puig y Ortiz, como las simbólicas flechas al cielo de Fernando Rodney cuando salva un partido simplemente aportan condimento necesario a un juego que se ha tornado insulso, olvidando que en sus orígenes se afianzó gracias a leyendas como el famoso jonrón cantado de Babe Ruth en la Serie Mundial de 1932 o los agresivos corridos de Ty Cobb en las almohadas.

Mostrar pasión sobre el terreno de juego no es, para nada, irrespetar al rival. Todo lo contrario, desde mi punto de vista, ponerle corazón a cada acción demuestra reconocimiento a la calidad del contrario, pues es necesario darlo todo para vencerlo. Por supuesto que con un juego totalmente desproporcionado, con más de diez carreras de diferencia, a nadie se le ocurre tocar la pelota o tratar de robarse una base.

Pero hemos llegado a un punto que con apenas cinco anotaciones de margen ya hay quienes se ponen demasiado susceptibles con una acción como esas, cuando esa cantidad de carreras no es ni mucho menos decisiva y puede borrarse en un abrir y cerrar de ojos.

Indians Logo
Jason O. Watson/Getty ImagesUn senador estatal de Ohio se alzó para pedir que los Indios de Cleveland cambien el nombre y desaparezcan su mascota por considerarlos ofensivos.

Ahora, para ponerle la tapa al pomo, sale un senador estatal de Ohio a pedir que los Indios de Cleveland cambien el nombre con que fueron bautizados hace más de un siglo atrás y desaparezcan la mascota del Jefe Wahoo, por considerarla ofensiva para los nativos americanos.

Yo lo veo como todo lo contrario, más bien como un homenaje a los primeros pobladores de estas tierras, maltratados por los conquistadores en los tiempos del Oeste salvaje y estereotipados por Hollywood en las primeras décadas del siglo XX.

Hace mucho que esos estereotipos quedaron atrás y venir ahora con un reclamo que lo único que lograría es matar una tradición centenaria me parece ridículo, tanto como cambiarle el nombre a los Washington Redskins de la NFL.

A este paso no deberíamos sorprendernos si alguien viene de la Sociedad Protectora de Animales a pedir que le quiten el nombre a los Tigres de Detroit por aquello de tratarse de una especie en peligro de extinción.

O quienes exijan rebautizar a los Cerveceros de Milwaukee, pues su nombre actual tiende a promover el consumo del alcohol en la juventud.

Yo no sé ustedes, pero prefiero el béisbol políticamente menos correcto, que ya con las revisiones de decisiones arbitrales a distancia desde Nueva York y la eliminación de los bloqueos en el plato tenemos demasiado.

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Tarde o temprano tenía que pasar. La nueva regla sobre bloqueos del home por parte de los receptores y las revisiones de las jugadas en manos de una suerte de comité de apelaciones a distancia fallaron estrepitosamente y le costaron el triunfo a un equipo.

Pasó en el primer juego de una serie de cuatro entre los Rojos de Cincinnati y los Marlins de Miami en la Capital del Sol.

Ganaban los Marlins 1-0 en la parte alta del octavo cuando los Rojos llenaron las bases con un out.

Todd Frazier elevó al jardín derecho para el segundo out y Giancarlo Stanton tiró perfecto al plato para liquidar fácilmente en doble matanza salvadora a Zack Cozart.

El manager de Cincinnati, Bryan Price, reclamó que el cátcher Jeff Mathis había bloqueado la goma indebidamente.

Tras la apelación, los árbitros revirtieron la decisión y decretaron válida la anotación de Cozart, a pesar incluso de que este ni siquiera pisó el home y siguió camino al dugout, sabiéndose out por la clásica milla.

El béisbol no es un juego de 'hermanitas de la caridad' y si bien es cierto que entradas como la famosa colisión de Pete Rose a Ray Fosse en el Juego de Estrellas de 1970 son brutales e inaceptables, tampoco se puede convertir esto en un partido de ajedrez, donde un tablero de por medio impide el contacto físico entre los contrincantes.

De esta manera, el juego se empató y el siguiente bateador, Ryan Ludwick, disparó cañonazo al jardín central que remolcó otras dos carreras para el balance final de 3-1.

Basta ver la repetición del video para darse cuenta que Matthis no estaba bloqueando el plato, sino simplemente esperando el tiro de Stanton que venía justo en esa dirección.

Fue una acción eminentemente defensiva, sin doble intención, en una jugada tan clara que sólo un tecnicismo tan ridículo podía evitar que el corredor fuera puesto fuera de circulación.

OK, entiendo que el deporte va modificándose en aras de proteger al atleta de lesiones graves e innecesarias, pero de ahí a quitarle la esencia al juego va un tramo largo.

El béisbol no es un juego de 'hermanitas de la caridad' y si bien es cierto que entradas como la famosa colisión de Pete Rose a Ray Fosse en el Juego de Estrellas de 1970 son brutales e inaceptables, tampoco se puede convertir esto en un partido de ajedrez, donde un tablero de por medio impide el contacto físico entre los contrincantes.

La jugada del jueves en la noche en el Marlins Park fue una común y corriente y apelarla me parece hasta poco ético del propio manager Price, pues no había la más mínima oportunidad de que el corredor anotara.

Grandes Ligas emitió hoy un comunicado ratificando la aplicación de la nueva regulación 7.13, algo que no es de extrañar, pues lo raro sería que Bud Selig y compañía aceptaran alguna vez un desliz y apenas el texto se limita a reconocer que en esta ocasión, los seis minutos que tomó la revisión de la jugada fue excesivo, en comparación con los aproximadamente 120 segundos que lleva ese trámite.

A veces da la impresión que hay fuerzas oscuras dentro del propio béisbol tratando de destruir el pasatiempo nacional para convertirlo en un juego de 'Playstation' o 'Xbox'.

Son esas mismas fuerzas que se sienten ofendidas y consideran políticamente incorrecta la intensidad cada vez más inusual con que los dominicanos David Ortiz y Carlos Gómez o el cubano Yasiel Puig salen a jugar al terreno.

Ni Big Papi, ni Gómez, ni Puig son villanos, como tratan de hacerlos ver. Los que de verdad aman el béisbol agradecen que todavía haya peloteros de esa especie lamentablemente en peligro de extinción.

Y en cuanto a las reclamaciones de decisiones arbitrales, tal como ocurre en la NBA o la NFL, deberían ser los propios umpires quienes revisen los videos y tengan la potestad de ratificar o revertir sus sentencias.

Pero ese comité a larga distancia que nadie sabe a qué intereses responde (y que me digan paranoico si quieren) no debe tener en sus manos la facultad de decidir el destino de lo que ocurre a cientos de millas.

Y para colmo de males, son entonces los árbitros en el terreno los que tienen que manejar exabruptos justificados como el que formó Mike Redmond, mentor de los Marlins, al sentir que le robaron la victoria.

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Finalmente, Billy Beane se ha convencido de que el Moneyball puro y crudo apenas da para llegar a los playoffs y despedirse en la primera ronda.

El gerente general de los Atléticos de Oakland, cuya imagen fue edulcorada por la película de Brad Pitt, parece cansado de nadar y nadar para morir en la orilla y esta vez se mueve de manera más agresiva.

Ahora mismo, los Atléticos exhiben una poderosísima rotación, quizás como ninguna otra en la Liga Americana, para encarar la postemporada y tratar de ganar la Serie Mundial.

Tras el canje que trajo desde Boston al zurdo Jon Lester, Bean cuenta con un staff abridor que incluye además a Sonny Gray, el renacido Scott Kazmir y los recién importados Jeff Samardzija y Jason Hammel, con Jesse Chávez como sexto hombre.

Pero como en cada intercambio se gana y se pierde, llega también el bravucón Jonny Gomes, cuya producción ofensiva es menos de la mitad de la del cubano Yoenis Céspedes, cedido a los Medias Rojas de Boston.

Para Céspedes, el canje debe haber sido doloroso, pues va del equipo con mejor récord en todas las mayores al sotanero de la división Este, sin ninguna oportunidad de llegar a octubre y aunque le tocaría anillo de campeón en caso de que los Atléticos ganaran la Serie Mundial, el sabor no es el mismo.

Pero eso es parte del negocio y a la larga, la mudada podría resultarle de gran beneficio, aunque ahora mismo el muchacho sienta que Billy Beane le haya metido una puñalada por la espalda.

En Fenway Park, dadas las características únicas del estadio, su producción de cuadrangulares podría dispararse notablemente por los 310 pies que separan el plato del Green Monster, con todo y la altura anormal de la pared.

A eso súmenle una buena cifra de dobletes para un bateador de poder, que hala la bola hacia su mano y debe pegar mucho en el farallón del jardín izquierdo.

Y defensivamente, difícilmente alguien se atreverá a correrle de tan cerca al líder en asistencia entre todos los jardineros de las Grandes Ligas.

Si sus números suben como se supone que pase, dadas las características del parque donde jugará la mitad de sus partidos, sus acciones se dispararán y es probable que en el 2015, si los Medias Rojas repiten su temporada de miserias, lo usen como ficha de cambio para un equipo que se encuentre enfrascado en la lucha por la postemporada.

Entonces, de la misma manera que esta vez se quedó fuera de los playoffs, regresaría por accidente la próxima campaña con otro uniforme.

Así se comporta este negocio y no parece que Céspedes vaya a echar raíces en Boston, a menos que el equipo tenga una recuperación como en el 2013, en que salió campeón después de haber sido último en la división en el 2012.

En el 2015 cumplirá el contrato de cuatro años que firmó con los Atléticos en el 2012 y sería elegible para arbitraje salarial, mientras que en el 2016 ya podría convertirse en agente libre.

Por lo pronto, valdrá la pena disfrutar ven el tándem que formará con el dominicano David Ortiz, quizás una de las pocas atracciones que le quedan a los Medias Rojas para ofrecer esta campaña. Ya el tiempo se encargará de lo demás.

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Si un equipo pierde antes del Juego de Estrellas a cuatro de sus cinco miembros de la rotación abridora, en el 99 por ciento de los casos se hundiría hasta el fondo de la tabla de posiciones, sin más consuelo que comenzar a pensar desde ya en la próxima temporada.

Al menos, eso es lo que la lógica indica. Pero en el béisbol no hay lógica y mucho menos si se trata de los Yankees de Nueva York, que vieron partir por lesiones primero a los dominicanos Iván Nova y Michael Pineda, luego a su as zurdo C.C. Sabathia y por último, a su nueva joya, el japonés Masahiro Tanaka, en momentos en que este lideraba la Liga Americana en victorias.

Lee/Danks
USA TODAY SportsCliff Lee y John Danks podrían ser los siguientes objetivos de los Yankees.
Sin embargo, contra viento y marea, los Yankees se han mantenido en la pelea, con altibajos obvios, que todavía los mantienen en la carrera por entrar a la postemporada, a pesar de contar solamente con el nipón Hiroki Kuroda como único sobreviviente de la rotación inicial.

Y para que no queden dudas de que Nueva York se niega a tirar la toalla, acaba de adquirir, vía canje, al antesalista Chase Headley, procedente de los Padres de San Diego, un hombre al que en los últimos años siempre han rondado rumores de cambios que nunca se concretaban.

Headley es un bateador ambidextro que aporta poder en una de las esquinas del cuadro y un sólido defensor, que viene a llenar uno de los tantos huecos del equipo.

Parecía que el venezolano Yangervis Solarte era el futuro de la organización, ya en la antesala, ya en el campocorto, su posición natural.

Sin embargo, tras dos buenos meses iniciales, su rendimiento cayó estrepitosamente y terminó siendo una de las fichas de cambio en la operación por Headley.

Pero todo indica que este no es la única adición que viene en camino y el gerente general Brian Cashman podría enfocarse ahora en reconstruir la maltrecha rotación.

En la mira está John Danks, un zurdo de 29 años que ha jugado con los Medias Blancas de Chicago desde su debut en Grandes Ligas en el 2007.

No se trata de una estrella, sino de un eventual cuarto o quinto abridor que ha padecido de inconsistencia y todavía no ha conseguido enderezar su carrera tras perderse por lesión casi todo el 2012.

Pero el objetivo hacia el cual debería dirigir todos sus esfuerzos Cashman es en el también zurdo Cliff Lee, un hombre ya probado en postemporadas.

Varias veces los Yankees han merodeado a Lee, pero esta parece ser la ocasión más propicia y los Filis de Filadelfia quieren deshacerse de los más de 52 millones que aún le adeudan al veterano zurdo.

Lee (4-5, 3.67) regresó esta semana a la lomita tras dos meses de ausencia por lesión y fue castigado por los San Francisco Padres, lo cual, a los ojos de una inminente transacción, habría bajado sus acciones en el mercado de cambios y despertado dudas sobre cuán recuperado está el lanzador.

Todavía debe quedarle antes del 31 de julio, fecha límite para los canjes, una apertura más, que podría definir dónde Lee terminará la temporada, si es que se va de Filadelfia.

Se vienen ahora diez días intensos y los Yankees estarán entre los equipos más activos, en busca de no perderse los playoffs por segundo año consecutivo.

Sería una buena manera de despedir al Capitán Derek Jeter, un hombre cuya estatura se ha agigantado cuando llega la postemporada.

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Trout/JeterAP Photo/Tomasso DeRosaDerek Jeter y Mike Trout guardan algunas similitudes, pero el el peso del equipo cuenta mucho.
Mike Trout es el pelotero más completo de la actualidad, pero al menos por ahora, no será el relevo de Derek Jeter en cuanto a imagen de las Grandes Ligas.

Puede que la oficina del comisionado insista en promover al joven jardinero de los Angelinos de Los Ángeles como tal, pero Trout está lejos de igualar a Jeter como la cara del mejor béisbol del mundo.

Porque eso no se impone. Eso se gana.

Más allá de los propios Jeter o Trout, hay factores que influyen en esa imagen que nos deja el número dos de los Yankees que de momento conspiran en contra del jugador de los Angelinos.

No es lo mismo jugar para los Yankees bajo los refulgentes reflectores de la Gran Manzana, que para el segundo equipo de Los Ángeles.

Porque, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese, el equipo de Los Ángeles son los Dodgers.

Es algo así como los Mets, que son "el otro equipo" de Nueva York.

Además, desde su primera campaña completa, en 1996, cuando Jeter se llevó el premio de Novato del Año en la Liga Americana, mostró un liderazgo inusual para un chico de apenas 21 años y una capacidad para engrandecerse en los momentos más cruciales, entiéndase la postemporada, cuando los hombres se separan de los niños.

Jeter fue clave en los cinco títulos que los Yankees obtuvieron en los últimos 20 años y me atrevo a asegurar que sin él en las paradas cortas habría sido difícil, sino imposible, semejantes logros.

Sí, ya sé, él no lo hizo todo solo. Fue el esfuerzo conjunto de Bernie Williams, Jorge Posada, Andy Pettitte, Mariano Rivera, Orlando 'El Duue' Hernández, David Wells, Tino Martínez, Roger Clemens y Paul O'Neill, entre otros pilares de aquella dinastía.

Pero todos ellos tuvieron a Jeter como su Capitán, como el hombre al que todos miraban cuando la candela se ponía brava, del que todos esperaban la acción salvadora.

El respeto que ha ido forjándose desde el principio el pelotero de Nueva York es algo que no se impone de un golpe, sino algo que se cultiva día a día.

No va a ser un decreto de Bud Selig el que coloque a Trout como relevo natural de uno de los más grandes peloteros de la historia, que nos deja una carrera con visos de leyenda.

Es muy probable que de seguir su carrera a este ritmo, Mike Trout termine junto a Jeter en el Salón de la Fama de Cooperstown, pero todo eso está por verse.

Todavía no sabemos cómo responderá el jugador de Los Ángeles ante la presión de unos playoffs, pues jamás ha visto un pitcheo en postemporadas. Lo lógico es que brille tal como lo hace día a día en campañas regulares, pero en el béisbol no existe lógica y si no, pregúntenle a Alex Rodríguez, en su momento considerado el mejor pelotero del mundo entre abril y septiembre, pero uno de los peores a partir de octubre.

El relevo de Jeter, en cuanto a imagen, a carisma, a respeto, saldrá en algún momento de manera natural, sin imposiciones, de la misma forma en que aquel flaquito con cara de niño se apareció un día y nos deslumbró desde el campocorto del Yankee Stadium.

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Salvo por la oportunidad de ver reunida en un mismo lugar a la crema y nata del béisbol, los Juegos de las Estrellas se han convertido en algo aburrido, con el único incentivo de determinar dónde comenzará la Serie Mundial tres meses después.

En el 2013 las mayores expectativas rondaban en torno a la última participación del panameño Mariano Rivera y en esta ocasión el clímax del encuentro fue el homenaje a Derek Jeter, quien se retira al concluir la temporada.

Pero no todos los años dicen adiós leyendas como Mariano y el Capitán, así que al parecer, estamos condenados a seguir viendo partidos sosos, donde el constante cambio de jugadores, por aquello de que todos quieren y deben jugar, desluce el espectáculo.

Encima de esto, las lesiones continúan apareciendo como nunca antes en las Grandes Ligas, lo cual provoca lamentables ausencias y sustituciones por jugadores que no siempre merecen el verdadero calificativo de estrellas.

De hecho, lo mejor de las festividades en torno al clásico de mitad de temporada acontece un día antes del partido, con la competencia de cuadrangulares, en la que incluso, no van todos los que deberían.

Bien valdría la pena incorporar al Derby de Jonrones otras pruebas de habilidades, como las carreras de home a primera, la vuelta al cuadro, los tiros al plato desde los jardines o los disparos de los catchers a la intermedia.

Aunque el duelo entre los rompecercas siga siendo el plato fuerte entre las pruebas de habilidades, las otras añadirían lustre a las festividades, tal como ocurre en la NBA, donde junto a la competencia de las clavadas hay otras como la de los disparos de tres puntos.

Pero volviendo al Juego de las Estrellas en sí, quizás sea hora de cambiar el método de elección de los titulares por votación popular y la obligatoriedad de que cada equipo tenga al menos un representante.

Cuando son los fanáticos quienes deciden quienes van y quienes no, tienen ventaja aquellos peloteros que militan en franquicias de grandes mercados, aunque no siempre su rendimiento sea merecedor del honor de estar en el clásico.

Asimismo, se producen dolorosas omisiones con muchos que atraviesan quizás los mejores momentos de sus carreras y que tal vez nunca tengan la oportunidad de lucirse en el choque estelar.

Por sólo citar un ejemplo, el antesalista de los Marlins de Miami, Casey McGehee, tiene mejores números que Aramis Ramírez, de los Cerveceros de Milwaukee, quien recibió el favor de los votantes e inició en la tercera base del equipo de la Liga Nacional.

No obstante, McGehee debió conformarse con ver la fiesta por televisión.

A lo mejor ha llegado el momento de cambiar de formato y en vez de enfrentar a las estrellas de ambos circuitos, sería más atractivo un duelo entre peloteros de Estados Unidos contra un equipo del resto del mundo, como ocurre con el partido de las futuras estrellas.

A mí particularmente no me gusta por razones que se salen de lo deportivo y me resultan perniciosas para la armonía del béisbol, pero quién sabe si ahí estaría la salvación de un evento que amenaza con matarnos de aburrimiento.

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El sueño de cada gerente general es firmar por poco dinero a un jugador que exceda las expectativas y su rendimiento sobrepase las proyecciones que se hicieron al momento de contratarlo.

A veces se trata de ver más allá de lo que puedan arrojar las estadísticas. En otras ocasiones es simplemente suerte, algo así como ganarse la lotería.

Pero cada año se dan estos casos de sorpresas muy agradables, en los que con muy poca inversión se reciben grandes dividendos, algo en lo que Billy Beane, gerente de los Atléticos de Oakland, es un maestro.

Kazmir
Kazmir
De hecho, una de las gangas del pasado invierno se la llevó Beane, al contratar al zurdo Scott Kazmir, un hombre que en su momento era una de las mayores promesas del pitcheo en todo el béisbol y un intocable en los Rays de Tampa Bay.

En sus primeras cinco campañas completas con los Rays, Kazmir ganó 55 juegos, con una efectividad de 3.92 y 874 ponches en 834 innings.

Pero su carrera entró en barrena a partir del 2009, cuando fue canjeado a los Angelinos de Los Angeles, hasta perderse las campañas del 2001 y el 2012.

Tuvo un mediocre regreso el pasado año con los Indios de Cleveland y Beane, con su olfato de comprador de pulgueros, lo firmó por dos años y 18 millones de dólares.

Sí, se arriesgó al darle nueve millones por temporada, pero limitó el pacto a sólo dos campañas e incluso, no dividió el dinero a partes iguales, sino que en esta primera campaña, digamos que de prueba, le pagará siete millones, mientras que para el 2015 le daría los otros 11, si es que no lo cambia antes.

Al menos en la primera, el zurdo ha justificado su salario con un renacer inesperado de su carrera, con nueve triunfos y tres derrotas en 16 aperturas y una excelente efectividad de 2.66.

Morneau
Morneau
Más barato le salió a los Rockies de Colorado encontrarle reemplazo a la figura más emblemática en la historia de la franquicia.

Por 12.5 millones para los próximos dos años, los Rockies firmaron al canadiense Justin Morneau para ocupar el lugar de Todd Helton, líder de por vida del equipo en prácticcamente todas las categorías ofensivas.

Morneau, Jugador Más Valioso de la Liga Americana en el 2006, cuando militaba en los Mellizos de Minnesota, entró en un vertiginoso declive a partir del 2010, cuando las lesiones comenzaron a limitar su tiempo de juego.

En Colorado, paraíso de bateadores, su carrera se ha reoxigenado, con 13 bambinazos, 57 carreras impulsadas y average de .304, en lo que podría ser su primera campaña con 30 o más jonrones y 100 remolcadas desde el 2009.

McGehee
McGehee
Pero la mayor ganga la consiguieron los Marlins de Miami, cuando firmaron a Casey McGehee para que defendiera la antesala.

McGehee fue un prometedor novato que tras una efímera estancia con los Cachorros de Chicago en el 2008, pasó sus mejores tiempos, entre el 2009 y el 2011 con los Cerveceros de Milwaukee.

El 2012 lo dividió entre los Piratas de Pittsburgh y los Yankees de Nueva York y ante la ausencia de ofertas en el 2013, optó por probar fortuna en el béisbol japonés.

Pero problemas familiares lo trajeron de vuelta a Estados Unidos, pues su hijo Mack, de siete años, fue diagnosticado con parálisis cerebral a los 15 meses de nacido.

En Japón le fue imposible encontrar la terapia adecuada para el pequeño y regresó a tocar puertas en busca de un empleo.

Los Marlins le ofrecieron casi el mínimo, apenas un millón 100 mil dólares, una miseria para quien recibió encima de eso la responsabilidad de batear cuarto en la alineación y proteger a Giancarlo Stanton.

A pesar de no ser el clásico slugger, McGeheen ha sido una maquinaria de remolcar carreras y sobre todo, hacerlo en los momentos en que más lo necesita la novena.

Para que se tenga una idea de cuán productivo ha sido el antesalista de los Marlins, cabe señalar que con 47 impulsadas va quinto en la Liga Nacional, a pesar de tener por delante en la alineación a Stanton, líder del circuito con 58 remolques.

Y todo, por un puñado de dólares.
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