Más difícil que ir a la cancha

La violencia programada y otros desalientos para el hincha genuino

Actualizado el 30 de julio de 2013
Alejandro Caravario Por Alejandro Caravario
ESPN.com
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Boca JuniorsFotobaires.com

BUENOS AIRES -- La ex responsable de la seguridad de Independiente, Florencia Arietto, advirtió que, según sus fuentes, el sábado, el día del debut del equipo de Miguel Brindisi en la B Nacional, podría haber episodios violentos promovidos por un sector de la barra.

De acuerdo con los informantes de Arietto, a quienes la abogada dio crédito a través de su cuenta Twitter, los muchachos de Bebote, líder en el exilio forzoso, armarán algún numerito de los muchos que registra su repertorio vandálico con el fin de pudrirla y que a Independiente le clausuren la cancha.

La noticia de los barras que conspiran contra el club del que se dicen hinchas comprometidos no es nueva. A esta altura, todos saben que el corazón de la tribuna es un territorio en cruenta disputa, ya que habilita a hacer ciertos negocios de variados rubros, ninguno de los cuales favorece siquiera indirectamente al club que los cobija.

Acerca de la trama de estas mafias se ha hablado y escrito hasta la nausea. El diagnóstico es consabido. Pero acaso porque hay demasiados intereses mezclados (políticos, sindicales, policiales) no ha habido hasta ahora una mecánica eficaz para evitar la proliferación de estos grupos y prevenir sus acciones criminales.

En este sentido, las bandas de la cancha no escapan del todo a la lógica que rige para otros delitos. Existen, en buena medida, porque sobra tolerancia. Porque muchas veces favorecen a quienes deberían combatirlos.

El asunto es que los alcances de este funcionamiento ya son más que críticos. Los dos muertos de la hinchada de Boca al cabo de un tiroteo tipo western actualizaron la medida del problema. Las internas se dirimen siempre en día de partido. De modo que el fútbol se ha tornado una peligrosa convocatoria.

Junto al fixture del campeonato a punto de comenzar podría distribuirse la programación de los enfrentamientos entre barras.

Ya que asistir a la cancha tiende a convertirse en una salida con pronóstico reservado, la AFA avanza (lento, pues la gente no acompaña) con su sistema biométrico que contempla un registro de todos aquellos que alguna vez tienen pensado ir a ver fútbol.

Esta medida, adoptada en pos de la seguridad, no hace más que complicar lo que alguna vez fue una alternativa dominguera entre tantas. El fútbol como espectáculo abierto. Para todos y todas, se diría en tiempos K.

Me inclino a pensar que aquel que no va todos los fines de semana a la cancha no se empadronará. Y se transformará definitivamente y ya sin días excepcionales en un espectador de living. El AFA plus no parece el mejor método de "recuperar a la familia", como reza ese eslogan en el que nadie cree. Sólo reforzará la población de hinchas puros, "folklóricos".

Sin que se pueda adelantar si el mecanismo en proceso reducirá la violencia y la paternidad dirigencial sobre los barras, en cambio es un hecho que restringirá la concurrencia. Y no serán precisamente los profesionales del tablón los que abandonarán el barco por decisión propia.

Por otra parte, durante el próximo torneo se limitará la concurrencia de visitantes. Claro: escoltar a los energúmenos que viajan desde su barrio, garantizar que esa multitud motorizada no haga un desastre en el camino, es un dispendio ridículo de fuerzas policiales. Pero también es un recorte de espectadores que, por ahí, pensaban en pasarse un día de sol viendo un partido.

El fútbol es cada vez para menos espectadores. Pero sospecho que los que se alejan (o los echan) no son los que matan por regentear el estacionamiento callejero sino señores y señoras a los que simplemente les gusta el juego. Por eso mismo es probable que no hagan ningún escándalo a raíz de estas privaciones.

Sin dudas, otra medida que bajaría la temperatura a los partidos sería impedir también la entrada de público local. Desalojados los hinchas, también desaparecerían los hinchas profesionales. O no. Más atentos a una fuente de ingresos que al esparcimiento del fútbol, quizá los barras sobrevivirían.


Alejandro Caravario nació en Buenos Aires en 1963. En más de 20 años de actividad en el periodismo gráfico, pasó con suerte diversa por innumerables redacciones: Clarín, El Gráfico, Llegás, 7 Días, Perfil, Crítica de la Argentina, entre otras tantas. Fue uno de los fundadores del diario deportivo Olé y director de su revista, Mística. De pluma versátil, ligeramente esquizoide, se ha movido en géneros que van desde el deporte hasta la reseña literaria. En sus momentos de ocio, que no son pocos, se aboca a la narrativa: es autor de un libro de relatos (Sangra), y tres novelas (Costumbres de la carne, Palermo y Mamá se hizo las tetas, ésta última inédita), obras de notable mérito, de las que, lamentablemente, el público casi no se ha enterado. Consulta su archivo de columnas.

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